Posts Tagged 'Franciscanos'

14. América: ¿lenguas cortadas?

La conquista y la colonización de América latina, vieron el trono y el altar, el Estado y la Iglesia estrechamente unidos. Ya desde el principio (con Alejandro VI), la Santa Sede reconoció a los reyes de España y de Portugal los derechos sobre las nuevas tierras, descubiertas y por descubrir, a cambio del <<Patronato>>: la monarquía reconocía como una de sus tareas principales la evangelización de los indígenas, sufragando los gastos de la misión.

El olvido (o manipulación) de la historia implica a la Iglesia, por su estrecho vínculo con el Estado, en la acusación de <<genocidio cultural>>, que siempre empieza por el <<corte de lengua>>: o sea la imposición a los más débiles del idioma del conquistador. Nos ocuparemos de este último punto.

Arnold Toynbee, célebre estudioso no católico y por lo tanto fuera de toda sospecha, observa que, atendiendo a su fin sincero y desinteresado de convertir a los indígenas al Evangelio, los misioneros (muchas veces martirizados), en lugar de pretender y esperar que los nativos aprendieran el castellano, empezaron a estudiar las lenguas indígenas, y lo hicieron con tanto vigor, que dieron gramática, sintaxis y transcripción a idiomas que, en muchos casos, no habían tenido hasta entonces ni siquiera forma escrita. En el virreinato del Perú -más importante de Sudamérica-, en 1569, se creó una cátedra de quecha, la <<lengua franca>> de los Andes, hablada por los Incas. Por esa época, nadie podía ser ordenado sacerdote católico en el virreinato si no demostraba que conocía bien el quecha. Lo mismo pasó con otras lenguas: el náhuatl, el guaraní, el tarasco…

Esto era acorde con lo que se practicaba en el mundo entero allá donde llegara una misión católica: es suyo el mérito indiscutible de haber convertido innumerables y oscuros dialectos exóticos en lenguas escritas, al contrario de lo que pasó, por ejemplo, con la misión anglicana, dura difusora solamente del inglés. Así, por ejemplo, el somalí, que tan solo era una lengua hablada, adquirió forma escrita (oficial para el nuevo Estado después de la descolonización) gracias a los franciscanos italianos.

Gregorio Salvador, profesor universitario y miembro de la Real Academia de la Lengua ha vertido más luz sobre este asunto. Ha demostrado que en 1569 el Consejo de Indias (una especie de ministerio español de las colonias), solicitó al emperador una orden para la castellanización de los indígenas, ya que tenía problemas administrativos con miras a gobernar un territorio tan extenso fragmentado en una serie de idiomas sin relación el uno con el otro. El emperador Felipe II -movido por las presiones de los religiosos, contrarios a la uniformidad solicitada- contestó textualmente: <<No parece conveniente forzarlos a abandonar su lengua natural: sólo habrá que disponer de unos maestros para los que quisieran aprender, voluntariamente, nuestro idioma.>> El resultado: cuando empezó el proceso de separación de la América española de su madre patria, sólo 3 millones de personas en todo el continente hablaban habitualmente el castellano.

Para sorpresa del profesor Salvador, fue la Revolución Francesa (sobre todo a través de las sectas masónicas en América latina) la que estructuró un plan sistemático de extirpación de los dialectos y lenguas locales, considerados incompatibles con la unidad estatal y la uniformidad administrativa. Se impuso así una <<cultura de Estado>>. Fueron pues los representantes de las nuevas repúblicas -cuyos gobernantes eran casi todos hombres de las logias- los que en América latina, inspirándose en los revolucionarios franceses, se dedicaron a la lucha sistemática contra las lenguas de los indios: fue desmontado el sistema de protección de los idiomas precolombinos construido por la Iglesia, en las escuelas y en el ejército se impuso la lengua de la Península, y aquellos que no hablaban castellano quedaron fuera de cualquier relación civil.

La conclusión paradójica, observa irónicamente Salvador, es ésta: el verdadero <<imperialismo cultural>> fue practicado por la <<cultura nueva>>, que sustituyó la de la antigua España imperial y católica. Por lo tanto, las acusaciones actuales de <<genocidio cultural>> que apuntan a la Iglesia hay que dirigirlas a los <<ilustrados>>.

9. La muerte de un inquisidor

La civilización del occidente medieval, de Jacques Le Goff, considerado un texto clásico, lejos de ofrecer un fiel retrato de la Europa medieval, presenta serias falsedades. Por ejemplo, en la última edición italiana dice: <<Los dominicos y los franciscanos se convierten para muchos en símbolo de hipocresía; los primeros inspiran aún más odio por la forma en que se han puesto al frente de las represiones de la herejía, que por el papel asumido en la Inquisición. Una revuelta popular en Verona acaba cruelmente con el primer “mártir” dominico: San Pedro, llamado precisamente, Mártir, y la propaganda de la orden difunde su imagen con un cuchillo clavado en el cráneo.>>

En relación a los franciscanos, la afirmación es difícilmente sostenible. Francisco de Asís murió en 1226 y en lo que resta del siglo, entre el movimiento creado por él y las capas populares se produce una especie de idilio que durará bastante, e irá más allá de la Edad Media y llegará en cierto modo hasta nuestros días. ¿Acaso no era franciscano el padre Pío de Pietrelcina, protagonista del que probablemente fue uno de los movimientos devocionales <<interclasistas>> más amplios, intensos y duraderos en los que participaron ricos y pobres, cultos e ignorantes en el siglo XX?

Más falsa aún es la alusión al <<odio>> que acompañaría a los dominicos por el papel que asumieron en la Inquisición. En primer lugar, la Inquisición no nace contra el pueblo sino para responder a una petición de éste. En una sociedad preocupada sobre todo por la salvación eterna, el hereje es percibido por la gente como un peligro, del mismo modo que actualmente podría considerarse peligroso a quien propagase enfermedades contagiosas mortales o envenenara el ambiente. Para el hombre medieval, el hereje es el Gran Contaminador, el enemigo de la salvación del alma.

El dominico que llega para aislar y neutralizar al hereje es recibido con alivio y acompañado por la solidaridad popular. Es una deformación creer que el pueblo gemía bajo la opresión de la Inquisición. Por el contrario, si a veces la gente se muestra intolerante con el tribunal no es porque sea opresivo sino todo lo contrario, porque es demasiado tolerante con personas como los herejes que, de acuerdo con la vox populi, no merecen las garantías y la clemencia de la que los dominicos hacen gala, pues buscan acabar con el asunto deprisa y deshacerse de aquellas personas para las que los jueces multiplican las garantías legales.

Con relación a San Pedro de Verona, éste fue asesinado el 6 de abril de 1252 en Brizania, cerca de Meda, en un lugar boscoso denominado Farga cuando viajaba de Como a Milán; y no en Verona, que es el lugar de su nacimiento. Tampoco fue muerto por una <<revuelta popular>>. Nombrado inquisidor por el Papa para luchar contra la herejía <<patariana>> o <<cátara>>, fue asesinado en una emboscada que le tendieron dos de esos herejes. Los asesinos se arrepintieron espontáneamente de su acción y acabaron entrando en la orden de los dominicos, movidos en gran medida por la intensa devoción que se había generado en Milán en torno a dicho <<malvado inquisidor>>. Está de más decir que Pedro fue asesinado por un golpe de falcastro, no con un cuchillo clavado en el cráneo. No es coincidencia que San Pedro mártir esté ligado a la palabra inquisidor, que parece justificar todo tipo de imprecisiones históricas.


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