Archive for the '9. Otras Historias' Category

63. Don Franco

Don Franco Molinari, fallecido profesor de Historia de la Iglesia, solía decir: <<Cuanto más estudio la Historia de la Iglesia, más me convenzo de la verdad del cristianismo. Al cabo de treinta años de investigación y reflexión, puedo afirmar, con un chascarrillo, que ya no me hace falta la fe para creer en Jesús como Cristo: lo veo operando a lo largo de las vicisitudes de los siglos.>>

Y eso que también le parecía claro que Dios <<juega>> con los hombres (o <<sonríe>>, para citar el salmo). Juega porque <<parece querer dar luz con lámparas quemadas>>, y porque parece divertirse desbaratando nuestros esquemas, trastocando nuestros planes, conduciendo a resultados inesperados e incluso opuestos a los que proponía.

Don Franco poseía un rico muestrario de anécdotas sobre esta misteriosa paradoja de la Historia. Uno de los casos que le gustaba citar era el de Rodrigo Borgia, el catalán que llegó a Papa con el nombre de Alejandro VI, para muchos, símbolo de la perdición de una Iglesia que parecía más enamorada de los artistas que de los santos, y de los dioses paganos antes que del profeta de Nazareth. En efecto, ya en sus tiempos de cardenal, Rodrigo Borgia tenía como amante favorita a una Farnesio, Julia, denominada <<la bella>> por antonomasia. Julia aprovechó su relación con el ya poderoso prelado para favorecer la carrera de su hermano Alejandro que, en efecto, recibió la protección de Borgia. Éste, en cuanto fue elegido Papa (comprando las elecciones con maniobras simoníacas) lo nombró cardenal.

Como hombre de su tiempo, Alejandro tampoco era inmune a las costumbres del momento, ya que –aun siendo cardenal- tuvo cuatro hijos de su relación con una dama romana. Será necesario especificar que entonces el cardenalato no siempre estaba ligado a la consagración sacerdotal: era un cargo honorífico con el que se investía a laicos poderosos, incluso desde niños. La púrpura y la <<castidad consagrada>> no estaban, pues, necesariamente ligadas.

En lo que respecta a Alejandro Farnesio, en cierto momento al cardenalato se le unió el sacerdocio, y luego la consagración obispal. Y a partir de entonces se produjo en él un cambio rotundo a una seriedad siempre creciente. Cuando en 1534 fue elegido Papa con el nombre de Pablo III persiguió, a pesar de sus enormes dificultades, una sola meta durante quince años: convocar un concilio general que reformara la Iglesia y diera la respuesta más eficaz posible a la revuelta protestante. El 15 de diciembre de 1545 se inauguró en Trento el concilio que se revelaría como el punto decisivo para la Iglesia católica.

Comentaba a propósito de ello don Molinari: <<Pablo III, antes Alejandro Farnesio, era el hombre justo en el momento justo, el Papa que la cristiandad necesitaba desesperadamente. Y sin embargo, no habríamos tenido este pontificado si la hermana de Alejandro no se hubiera ganado al Borgia frecuentando a su alcoba. ¿Cómo no vislumbrar aquí la mano misteriosa e irónica de un Dios que “juega”?>>

Seguía diciendo don Franco: <<Es un Dios que “sonríe” mientras va acumulando nuevos problemas y dificultades para Su Iglesia, pero proporcionando al mismo tiempo el remedio adecuado para cada ocasión. Así, tras los siglos de hierro de un feudalismo que parecía paralizar al cristianismo, surge un san Francisco, un Domingo, para suscitar movimientos que llaman a la Iglesia a regresar a sus deberes de pobreza, de humildad y reflexión teológica. Luego, el siglo XVI, que vio desgarrarse la cristiandad, fue el que, junto a los Lutero y los Calvino, dio lugar, primero a la aparición del movimiento de la Observancia y luego a aquel florecimiento de nuevas familias religiosas que dieron la réplica a los dramáticos signos de los tiempos con una fórmula de vida religiosa inédita. Los “clérigos regulares” (es decir, la regla monástica unida a la actividad pastoral), que va desde los jesuitas a los teatinos, los barnabitas, los camilistas, los Fatebenefratelli, y muchos otros eficacísimos instrumentos de reforma y reconquista. Y el siglo XIX caracterizado por la dispersión violenta de las comunidades religiosas, ¿no es también el siglo que tan sólo en Italia ve la aparición de algo así como 183 nuevas congregaciones femeninas, cada una de las cuales es respuesta concreta a una necesidad concreta?>>

Para don Franco, el misterio que iba descubriendo en los recovecos de la Historia (y que cada vez lo reafirmaba más en su fe) también se hallaba en la capacidad siempre renovada de la Iglesia de reaccionar frente a los problemas que iban saliendo al paso, <<encendiendo las defensas internas, incrementando la producción de anticuerpos, sacando de improviso a la palestra a hombres y mujeres con la habilidad necesaria para reaccionar con eficacia ante los peligros y proponer simultáneamente ejemplos personales de un cristianismo acorde con los tiempos.>> Una reacción que veía obrar también en la actualidad en lo que calificaba de <<explosión primaveral de los nuevos movimientos posconciliares>>. Señala también: <<(…) La caída (…) la veo en la cultura, que se ha distanciado de la Iglesia: una cultura que empezó en el siglo XVIII y en el XIX con grandes promesas y esperanzas y que acabó con guerras homicidas, en masacres, en ideologías inhumanas y al final en drogas y en una crisis de valores y planteamientos.>>

62. Gandhi

Cuanto más tiempo transcurre, más divididas están las opiniones. Para unos es un santo, una de las grandes figuras del siglo. Para otros –sobre todo para historiadores que conocen la complejidad de su biografía- un hombre sobre el que hay que plantear cada vez mayores interrogantes. Entre los <<peores>> se encuentra el famoso historiador inglés contemporáneo Paul Johnson, que pasó del juvenil compromiso marxista-leninista a una opción demócrata-liberal. Según Johnson, alrededor de Gandhi se creó una corte de <<charlatanes>> y el mismo Maestro (el Mahatma, el <<alma grande>>) no carecía de sospechosas excentricidades.

<<Tanto él como su madre, de la que heredó un estreñimiento crónico –señala el historiador inglés- estaban obsesionados sobre todas las cosas por la asimilación y evacuación de los alimentos. (…) La primera pregunta que les dirigía (a su corte de mujeres) al levantarse era: “Hermanas, ¿Habéis ido bien de cuerpo esta mañana?” (…) aunque comía con avidez –uno de sus discípulos dijo: “Era uno de los hombres más hambrientos que yo haya conocido jamás”- su comida s seleccionaba y preparaba con sumo cuidado. (…) Su ashràm, con sus costosos gustos “sencillos” y las innumerables “secretarias” y criadas, recibía las cuantiosas subvenciones de tres ricos comerciantes. Un miembro de su círculo observó: “¡Hacer vivir a Gandhi en la pobreza cuesta un montón de dinero!”>>. Así también, aunque le han mitificado muchos que creen en el valor liberador del sexo, el <<verdadero>> Mahatma daba muestras de una especia de sexofobia que lo alejó incluso de su esposa. Con las mujeres sólo practicaba el Brahmachatya, es decir, dormir rodeado de muchachas desnudas para extraer de ellas calor y energía. Pero, al fin y al cabo, esto sólo son cotilleos. ¿De verdad puede ser Gandhi un maestro superior superando incluso a Jesucristo?

Se trata de una figura excepcional, sin embargo, para comprender al <<verdadero>> Gandhi, deben recordarse ciertos hechos eliminados con apuros, como por ejemplo, el feeling entre el indio y el fascismo italiano. En 1931, Gandhi fue a Roma para encontrarse con Mussolini, hacia quien expresó simpatía y estima, consideración que le fue devuelta por el dictador, quien financió el movimiento de Gandhi por motivos –no únicamente- antibritánicos.

Habitualmente también se olvida que, citando a Paul Johnson, <<esta figura es comparable a una planta exótica capaz de florecer únicamente en el protegido ambiente del liberalismo inglés>>. Ambos adversarios –Gran Bretaña y Gandhi- se mostraron dignos uno del otro, llevando cada uno su papel con decoro. Pero si esto tuvo lugar en los largos años del enfrentamiento y tal vez del choque fue debido a que Gandhi revisitó de rasgos orientales una formación casi enteramente occidental. En realidad, después de licenciarse en Leyes en Inglaterra, el joven Gandhi se movió largo tiempo por Londres con sombrero bombín y paraguas; su asimilación no será sólo una cuestión de indumentarias. Él no vino a Europa a traer los valores religiosos de su tradición india; volvió a descubrir la suya bajo el impacto del encuentro con el cristianismo. Lo que más fascinación produce en él es el resultado de la adaptación de la visión oriental a categorías que únicamente pertenecen al Evangelio.

El hinduismo había creado un sistema infernal de castas de las cuales expulsaba a los llamados precisamente, <<sin casta>>: los <<parias>> o <<intocables>>. Sobre un total de cuatrocientos millones de indios, casi cien millones se encontraban en una situación infrahumana. Los parias a su vez, se subdividían en: <<los malditos>>, <<los excomulgados>>, y <<los rechazados>>. Gandhi definió este sistema milenario como un <<delito monstruoso contra la humanidad>> y luchó por su abolición. Sigue vigente el tenaz compromiso de Gandhi contra un sistema inhumano, cuya responsabilidad recaía, sin embargo, en aquel sistema sociorreligioso hinduista del que se consideró hijo hasta el final. Y combatió, y venció, al menos teóricamente, a aquel sistema gracias a valores externos al hinduismo, es decir, gracias al cristianismo.

El primero de los cuatro artículos de la <<doctrina>> de Gandhi exigía la adhesión a las Sagradas Escrituras de la India, pero ¿no eran precisamente esas Escrituras las que aprisionaban a las masas en lo que él mismo calificó <<un delito monstruoso>>? Y ¿no había tenido que recurrir a otras Escrituras, las del monoteísmo bíblico (el Nuevo Testamento, sobre todo, pero también en alguna medida al Corán) para romper el círculo <<monstruoso>>? Recordemos que Gandhi no acabó asesinado a manos de los colonialistas ingleses: fue un devoto hindú, que lo acusaba de <<modernismo>> y de <<occidentalismo>> y de haber contaminado las Sagradas Escrituras de la tradición autóctona con la Biblia, quien descargó una pistola sobre él.

Gandhi no sería Gandhi sin Jesús, tal como él mismo lo reconoció en numerosas ocasiones. En la famosa entrevista concedida a un misionero protestante corresponsal de un periódico inglés, dijo haber tomado directamente del Evangelio el concepto de la <<no violencia>>, con sus corolarios de <<resistencia pasiva>> y  <<no cooperación>>. En efecto, su <<pacifismo conserva el fuerte sabor del Nuevo Testamento y poco o nada tiene que ver con el irreal y perjudicial utopismo de tantos occidentales que creen identificarse con su mensaje.

Sería una caricatura del mensaje de Gandhi el intentar apropiarse del mismo bajo esa perspectiva laica, libertaria y hedonista que identifica a tantos movimientos de hoy día. Siguiendo con el Mahatma: <<La no violencia debe nacer del satyagraha (la fuerza espiritual). Y ésta requiere el control, que sólo se obtiene mediante una constante batalla por la pureza y la castidad, de todos los deseos físicos y egoístas.>> Una concepción de duro ascetismo que es todo lo contrario de lo que teorizan y practican algunos de los autodenominados <<gandhianos>> de hoy. Éstos se escandalizarían, además, si supieran que la famosa tolerancia del Maestro tenía un límite establecido: <<No debemos tolerar nunca la falta de religión>>. No es por casualidad que sobre su tumba sólo se grabaron las palabras <<¡Dios!, ¡Dios!>>.

<<Gandhi costaba caro, en dinero y en vidas humanas. Sabía crear un movimiento de masas pero no sabía controlarlo. (…)>> Alguien se ha atrevido a sospechar que, en la práctica, la obra de Gandhi ha sido más perjudicial que benéfica para la India, por el desmesurado coste de las pérdidas en masacres y destrucción. Y asimismo, por dejar tras de sí una herencia política que fue cualquier cosa menos gloriosa. En resumen, una vez más nos encontraríamos frente a un caso de <<heterogénesis de los fines>>, es decir, las buenas teorías que en la práctica producen desastres.

La India que Gandhi se propuso liberar sólo era una expresión geográfica. De los cuatrocientos millones de habitantes, doscientos cincuenta eran <<hinduistas>>, nombre que identifica una realidad indefinida y magmática, donde hay espacio para todo y para nada, a causa de las infinitas sectas que a menudo se enfrentan entre sí. Había noventa millones de musulmanes, seis millones de sikhs y muchos otros millones pertenecían a religiones menores o eran budistas o cristianos, divididos entre protestantes y católicos. En el ámbito político, el territorio estaba subdividido entre más de quinientos príncipes y marajás dotados de una gran independencia. Se contaban 32 lenguas, 200 dialectos y 2000 castas. Este explosivo mosaico se mantenía unido por la administración británica, que con pocas decenas de miles de hombres, se limitaba casi únicamente a evitar la desintegración de ese enorme país, cuya unidad sólo existía sobre el papel. O solamente en los nobilísimos sueños de Gandhi, quien, con su predicación político-religiosa, actuó de detonante de la mezcla explosiva.

Una vez desatada la violencia, Gandhi anunció a la multitud: <<Lo que ha ocurrido ha sido por vuestra culpa y por la mía. Sí, soy culpable de haber pensado que la India estaba madura para la conquista pacífica de la independencia. Busquemos en nuestro interior las causas de la violencia que se ha desatado.>> Nos hallamos ante palabras y actitudes muy nobles, pero que se hallan en la cima del idealismo, lejos de aquel realismo del que debe dotarse absoluta e indispensablemente quien, como él, desee ser un guía moral y político.

Tras un incremento de las manifestaciones violentas -¡suscitadas por la predicación <<no violenta>>!- se llegó a la catástrofe de 1947, cuando los ingleses abandonaron la India a sí misma, concediéndole la independencia. Se cumplía el sueño de la vida de Gandhi, pero también fue uno de sus mayores sufrimientos. Escribe Johnson: <<Él, que había hecho posible todo aquello, le confió a lady Mountbatten, la esposa del último virrey de Gran Bretaña: “Estos acontecimientos no tienen ningún precedente en la historia mundial y me hacen bajar la cabeza de vergüenza.”>>.

Gandhi siempre había mantenido con obstinación (y contra toda evidencia) que la liberación del país uniría a hindúes y musulmanes en una pacífica convivencia. Por el contrario, estos últimos procedieron a la secesión armada con la creación de Pakistán. Como declaró Francis Tuker, uno de los generales ingleses que se iban: <<por todas partes se desencadenó la más feroz de las barbaries, con locos homicidas que degollaban, mutilaban e incendiaban. Interminables columnas de desvalidos atravesaban el país, atacados por fanáticos políticos y religiosos>>.

Tampoco lo tuvo mejor su descendencia política: su queridísimo discípulo, el Pandit Nehru, tomó el poder y lo mantuvo durante diecisiete años. Si, como se dice, se conoce al árbol por sus frutos, el árbol de Gandhi (impresionante en el plano ético y teórico) dio frutos amargos en el plano práctico. Tal vez sea la enésima revalidación del realismo cristiano que no cesa de proponer el ideal pero, a la espera del Reino futuro, no pierde de vista la <<realidad efectiva>> de un mundo en el que el grano y la malas hierbas se mezclan hasta la siega final.

61. Objetores

Ha tenido lugar en Asís la Tercera Conferencia Nacional de los Objetores de Cáritas[1]. Con tal ocasión se presentó un amplio estudio sobre el <<estilo de vida>> de los jóvenes <<objetores de Cáritas>>. Entre otras muchas, se les dirigió esta pregunta: <<¿En qué ejemplos os habéis inspirado para vuestras respectivas opciones?>> Entre los nombres que los interpelados podían dar también se encontraba el de Jesucristo.

El hecho resulta inmediatamente desconcertante: para un cristiano, Jesús no puede ser un <<ejemplo>>. Un ejemplo pueden serlo esos imitadores suyos que son los santos. En cuanto a Cristo, resulta superfluo recordar que para quien tiene fe en él, la función de orientador de camino (<<Lo que he hecho yo, hacedlo también vosotros>>) queda asimilada e infinitamente superada por su misterio de participación trinitaria que hace que, sin su intervención, <<no podemos hacer nada>>. ¡Algo más que un simple ejemplo!

Podríamos seguir leyendo los resultados de las respuestas proporcionadas por los 658 <<objetores de Cáritas>> entrevistados. Para estos jóvenes, Jesucristo se halla sólo con un mísero 6,5%, en cuarto lugar entre <<los ejemplos que han inspirado su opción de vida>>. En primer lugar, con un triunfal 49,2% está Gandhi. En segundo lugar, pero bastante distanciado (8,1%) aparece Lorenzo Milani; en el tercero (7,3%) Martin Luther King; en el cuarto –como apuntábamos- un tal Jesucristo, seguido por Nelson Mandela (2,9%) y, finalmente, la Madre Teresa de Calcuta, con un 2,7%. Nos falta anotar que casi el 75% declara ir a misa al menos el domingo; y más del 29% va <<todos los días o más de una vez a la semana>>.

Resulta difícil entonces comprender qué significado tiene la misa para esos jóvenes que no ven a Cristo ni siquiera como principal, por más que este término resulte reductivo, <<ejemplo de vida>>. Y surgen nuevos interrogantes al constatar que más de la mitad es catequista o miembro de asociaciones religiosas o componente de consejos parroquiales. <<Y los restantes –citando el texto de la agencia SIR, que publicó estos resultados- están comprometidos de alguna manera y con diferentes funciones en la vida de la comunidad católica.>>

Nos preguntamos qué ha sido de la fe de jóvenes a menudo admirables, sobre cuya generosidad y compromiso humano no es lícito dudar, pero que –aún llamándose <<cristianos>>- escogen a Gandhi antes que a Jesús en un porcentaje casi ocho veces superior. Y al protagonista de los Evangelios le anteponen abiertamente aquel mitificado reverendo King, de quien sus propios seguidores están tomando distancias, no sin cierto embarazo.

Quisiéramos que se nos desmintiera la sospecha que nos acecha dolorosamente, sobre que lo que distingue a cierto <<mundo católico>> es una crisis de la fe, que tal vez se esconde detrás de un compromiso que en muchos de los jóvenes sólo tiene motivaciones humanas, filantrópicas. Es un impulso generoso pero que, pese a las apariencias, tiene poco que ver con la auténtica caridad cristiana, que no es un amor hacia el género humano por su amabilidad intrínseca (incluso a menudo no lo es en absoluto, empezando, naturalmente, por nosotros mismos), sino porque en cada uno de ellos la luz de la fe vislumbra al hermano con el Padre común, el rostro doliente de Cristo, salvado a costa de la cruz.

[1] Hay que tener en cuenta que la primera edición del libro se publicó en el año 1992 en Italia.

60. Suicidios

<<¡Antiguamente no se les hacía un funeral dentro de la Iglesia a los que se mataban!>>, exclama un anciano mirando el noticiero. En la pantalla aparecen imágenes de una iglesia de Brescia: retransmite una misa solemne y muestra en medio de la nave central el féretro, cubierto de claveles rojos y con la bandera del partido, del diputado socialista que se disparó en la cabeza con un fusil a causa del famoso <<escándalo de las comisiones>>.

En lo relativo al suicidio la condena radical del mismo fue uno de los rasgos que inmediatamente distinguieron al cristianismo de las culturas paganas –para las cuales, en ciertas circunstancias, quitarse la vida era un acto noble- y de la tradición hebraica (El Antiguo Testamento no establece alguna ley al respecto). Para el cristiano es el extremo de la degradación  del pecado. La condena de la autolisis fue tan explícita en la christianitas medieval que se castigaba a quien salía vivo del intento de darse muerte igual que a un homicida.

Las sanciones para aquellos que habían intentado quitarse la vida sin lograrlo aparecían en el Código de Derecho Canónico, antes que el nuevo –de 1983-, hiciera tabla rasa de tantas cosas que la Tradición, la experiencia de la fe y el sentimiento de la fe habían destilado durante siglos. Así, antes de 1983, el católico que hubiera intentado suicidarse no podía acceder a las órdenes sagradas; si ya era sacerdote, se le castigaba con diversas sanciones; si era laico, quedaba excluido de algunos derechos reconocidos por la Iglesia. En cuanto a los que consiguieran su propósito autodestructivo, la sanción consistía en la privación de todas las exequias religiosas y de otros oficios fúnebres de carácter público, salvo se probase de manera irrebatible que el suicida era presa de una grave perturbación psíquica en el momento de cometer su acto.

Esta falta de referencia al suicido constituye una censura, al igual que sucede con la cremación, en la praxis y en la doctrina de la Iglesia. Romano Amerio recuerda: <<La doctrina católica reconocía en el suicidio una triple falta: un defecto de fortaleza moral, ya que el suicida cede ante la desventura; una injusticia porque pronuncia contra su persona una sentencia de muerte contra su propia causa y sin estar cualificado; una ofensa a la religión, ya que la vida es un servicio divino de cuyo complimiento nadie puede eximirse por su cuenta.>>

Por otro lado, la aparente severidad de la Iglesia antes de las <<variaciones>> actuales tendía a proteger también la vida de quienes hubieran intentado seguir el ejemplo del infortunado. Así, a los tres motivos de condena de la Iglesia expuestos por Amerio se añade el de escándalo, el mal ejemplo que se da a los que sobreviven: <<Si él lo ha hecho, ¿por qué yo no?>>. En efecto, en el anterior Código no se negaban los funerales religiosos a los suicidas de los que sólo la familia conocía la causa de la muerte: al quedar limitado el alcance del escándalo, la Iglesia permitía las exequias religiosas, ratificando de este modo que su rechazo a los otros infortunados se debía a la responsabilidad de proteger al rebaño de fieles de influencias perniciosas más que a la pretensión de adelantarse al juicio de Dios.

Hoy, como señala el ya citado Amerio, hemos llegado hasta este punto: <<Se ha convertido en una costumbre loar al suicida en la homilía de la misa fúnebre. (…)>> El Arzobispo de Praga, durante la celebración del funeral por Jan Palach (que se inmoló vivo en Praga en protesta por la invasión rusa de 1968) declaró: <<Admiro el heroísmo de estos hombres, aunque no puedo aprobar su gesto.>> El investigador suizo comenta al respecto: <<Al cardenal se le escapa el matiz de que heroísmo y desesperación –o sea, ausencia de fortaleza- no van unidos.>>

59. Montecassino

Antes de hablar de Montecassino, recordemos cómo Hitler, en sus últimos Tischreden, o <<discursos de sobremesa>>, reconoció que la alianza con Italia había sido su ruina. Ésta, pretendiendo <<romperle los riñones>> a Grecia, se encontró en cambio con que le invadían media Albania y casi se vio lanzada al mar por el pequeño pero combativo ejército helénico. Atascados de este modo en los Balcanes, tuvo que ser el Blitz alemán el que salvara a los italianos mediante la invasión de Yugoslavia, pillando a los griegos desprevenidos. Fue una campaña imprevista e indeseada por el Estado Mayor de Berlín, pero que venía impuesta por la necesidad de sacar a los aliados del embrollo en el que ellos mismos se habían metido.

Esta acción tuvo dos consecuencias decisivas: amplió enormemente el frente, creando luego una feroz guerrilla en los Balcanes ocupados. Pero sobre todo, retrasó unas cuantas semanas la <<Operación Barbarroja>>, es decir, el ataque contra la Unión Soviética: una dilación que resultó fatal para los alemanes, que, justo cuando llegaron a las afueras de Moscú, se vieron sorprendidos por el <<general Invierno>>. La ocupación de la capital, ya liberada del gobierno soviético, y el repliegue a los Urales –donde Hitler esperaba detenerse y hacerse fuerte por tiempo indefinido- no tuvo lugar a causa de aquellos pocos días socorriendo a los italianos en Grecia. Similar ayuda tuvieron que brindar los alemanes en el norte de África, desviando recursos y hombres hacia Libia y Egipto, lo que impidió el plan de la diplomacia nazi, que consistía en una propaganda anticolonial para provocar la insurrección del mundo árabe contra Gran Bretaña. A diferencia de Alemania, Italia pretendía suceder al Imperio británico en el control de aquellos territorios, mas no pudo sola. Tampoco olvidó Hitler la <<traición>> italiana del 8 de septiembre de 1943, que provocó la apertura imprevista de un nuevo frente. Italia creyó estar ayudando, pero contribuyó en mayor medida que los aliados al fracaso alemán. La Providencia, a pesar de las apariencias, siempre sabe lo que hace.

Volvamos a Motecassino. En esta celebérrima montaña situada al sur de roma fueron nada menos que los nazis quienes cumplieron el papel de <<amigos del hombre y de su cultura>>. Los alemanes habían extendido en esa zona, tras el revés italiano y el desembarco aliado en el Sur, una apresurada <<línea Gustav>>. Montecassino, con su roca elevándose solitaria en la llanura, resultaba una base ideal, pero el mariscal de campo Albert Kesserling, un católico bávaro representante de la antigua casta militar prenazi que añadía a la dureza su peculiar concepto del honor, no se sintió capaz de fortificar el lugar, porque así lo convertiría un blanco militar exponiéndolo a su destrucción.

Los alemanes (hijos, pese a todo, de uno de los países más cultos del mundo y católico al menos en un tercio de su población) sabían bien lo que representaba para la civilización universal el lugar donde reposaba, junto a santa Escolástica, Benito de Norcia, que no por casualidad fue proclamado principal patrón de Europa. En Montecassino se escribió aquella Regola que durante el derrumbamiento de la civilización clásica contribuyó en gran manera a salvar lo mejor del mundo antiguo y a inaugurar el nuevo. Aquí, en los grandes scriptoria, los monjes habían copiado obras inmortales que de otro modo se habrían visto destinadas al olvido o a la destrucción. Aquí se encontraba el corazón de un probo ejército que, desde Escocia a Sicilia, había trabajado durante más de mil años por la salvación eterna de los hombres pero también por una vida mejor en la tierra.

Es un dato conocido en la actualidad que los aliados, principalmente los americanos, sabían que en el monte y el interior de la abadía no se hallaban tropas alemanas. En cambio, había prófugos, heridos, enfermos, viejos y mujeres que eran acogidos por los monjes. También es conocido que decidieron la destrucción por motivos no militares, empujados por un deseo de destrucción que sólo puede explicarse por el deseo de hacer desaparecer de la faz de la tierra uno de los símbolos más significativos del <<papismo>> católico.

Una vez despejada la abadía de objetos y personas, el 15 de febrero de 1944, tan puntualmente como se había anunciado, una nube de fortalezas flotantes americanas apareció en el cielo de Montecassino e inició el bombardeo <<de precisión>>, mientras, para completar la destrucción, desde la llanura se empezaban a disparar las armas de fuego de grueso calibre de los aliados. Así durante tres días. Todo fue destruido menos la cripta, en la que se hallaron intactas las reliquias de Benito y Escolástica. Cual espectáculo, un equipo de cineastas filmó el bombardeo.

Cuando acabó el bombardeo, viendo que no quedaba nada por salvar, la Wehrmacht ocupó el monte y se hizo fuerte entre los escombros. En el plano estratégico, el vandalismo americano resultó muy valioso para los alemanes porque hallaron en las ruinas un refugio ideal para asentamientos tan seguros que fueron capaces de resistir durante meses y meses los encarnizados asaltos. Los treinta mil caídos aliados, muchos de ellos polacos, que reposan en los cementerios de la zona también deben achacarse a la decisión americana de destruir la abadía. Fue una locura desde la perspectiva militar y un crimen desde el plano cultural pero, probablemente, una exigencia irreprimible y oscura, una necesidad liberadora para aquel cóctel de protestantismo radical e iluminismo masónico que, desde el principio, distingue a la clase dirigente americana.

Si alguien juzgara las sospechas de fines no militares en el bombardeo de la venerable abadía, puede leer entre otros a Giorgio Spini, historiador de confianza por tratarse de un valdense, tenaz defensor de la supremacía del protestantismo, y quien describe <<las proporciones que alcanzan en Estados Unidos los movimientos anticatólicos, con la desagradable brutalidad de algunas de sus manifestaciones>>. Prosigue este historiador reformado: <<Aún prescindiendo de semejantes muestras de intolerancia e histeria, es indudable la existencia en la historia norteamericana de un estado de alarma por la inmigración católica y por la amenaza que podría representar para las principales instituciones americanas.>>

58. Papas enfermos

La dinastía de los pontífices es la más antigua de la historia que todavía subsiste: la misteriosa cadena iniciada con Simón Pedro, pescador de Cafarnaúm, prosigue sin interrupción hasta Benedicto XVI. Se trata de una sucesión de más de 270 nombres que avanza a lo largo de los siglos recorriendo toda la historia. Pero es una dinastía completamente anómala porque está compuesta por hombres que están siempre en el umbral de la vejez o son ya ancianos en el momento de su elección. El <<oficio>> de Papa es el único en el que la juventud se considera un obstáculo insuperable para poder ejercerlo. Numerosos cardenales de valía se han visto excluidos en las votaciones de sus colegas por ser <<demasiado jóvenes>>. De ahí toda la serie de achaques seniles y la importancia del arquíatra pontificio, el médico personal de esos ancianos.

Pero lo sorprendente es que el cuadro bimilenario de la salud pontificia parece presentar todas las patologías existentes con una sola excepción: la locura. Ni siquiera la arteriosclerosis senil, que sin duda afectaría a algunos de ellos en sus últimos años, provocó delirios perjudiciales para la enseñanza dogmática. De lo que se deriva para el creyente la confirmación de una ayuda especial del Espíritu Santo. La potestad del Papa in spiritualibus es absoluta: la Iglesia ve en él al maestro supremo de la fe. ¿Qué hubiera sucedido si, a causa de alguna enfermedad psíquica, tan sólo uno de esos <<vicarios de Cristo>> hubiese empezado a dictar algo contrario a la fe católica de la que es inapelable guardián? Nunca sucedió; y el creyente está seguro de que jamás sucederá.

Ha habido papas inmorales, indignos –al menos según nuestras actuales categorías éticas- de su altísimo oficio. Pero justamente esos pontífices que menos practicaron las exigencias de la fe fueron los más firmes y decididos proclamando la verdad de la misma. Alejandro VI, considerado un ejemplo tal vez demasiado fácil de la abyección moral en la que cayó el papado renacentista, fue un impecable maestro de fe. Quizás actuó mal, pero predicó estupendamente, y eso es lo que se espera de un sucesor de Pedro, llamado por Jesús mismo a una función principal, la de <<ratificar a los hermanos en la fe>>.

La enseñanza papal precede y es mucho más importante que el deseable ejemplo moral. La pureza de dicha enseñanza siempre se ha visto protegida de los estropicios de la arterioesclerosis y los achaques de locura, más que de la inmoralidad de las costumbres: practicadas pero nunca <<teorizadas>> ni presentadas al <<estilo radical>> como un bien.

El <<vaticanista>> de un importante periódico conocido por su combativo laicismo ha escrito un artículo sobre las enfermedades papales. Entre los enfermos, ha puesto acertadamente a Inocencio VIII, que fue Papa de 1482 a 1492, por tanto, el inmediato predecesor del Borgia. Escribe: <<Se cuenta que el arquíatra pontificio al ver al pontífice exangüe y decaído pensó infundirle nuevas fuerzas inyectándole en las venas sangre de sonrosados mocitos (…). Para llevar a cabo el experimento se compraron al precio de un ducado cada uno a tres rollizos chiquillos de familias populares que, naturalmente, murieron desangrados sin que por otro lado, mejorara la salud del pontífice.>>

Estaría bien ahora ver cómo fueron las cosas. Para saberlo, nos remitimos a la fuente todavía hoy más fidedigna: los dieciséis volúmenes de la Historia de los papas desde finales de la Edad Media del emitente barón austríaco Ludwig von Pastor. Dice: <<Stefano Infessura cuenta que el médico judío de Inocencio VIII hizo degollar a tres criaturas de unos diez años, presentando al Papa la sangre obtenida como único medio de conservar su vida. Como fuera que el Papa rechazó la sangre, el malvado médico se dio a la fuga. Si esta historia fuese cierta, se obtendría un dato importante para probar que los judíos usaban sangre humana con fines medicinales. Pero los despachos de la embajada de los agentes mantuanos, todavía inéditos y que examiné personalmente, no dicen nada semejante. Ni siquiera en la crónica de Valori se menciona este hecho. Un cronista que anota exactamente lo que el Papa tomó como medicina (Cfr. Thuasne, I, 571) seguramente no habría olvidado de ningún modo un expediente médico tan horrible.>> (Ob. Cit., 1942, vol. III, p. 273.)

57. Gobernar a los hombres

Los hombres pueden organizarse según tres modelos fundamentales, si bien divididos, mezclados y entrelazados de modos diversos: la monarquía, la aristocracia y la democracia. La Iglesia siempre ha llamado a no preferir en abstracto a ninguno de estos modelos así como a no excluir tampoco a ninguno de ellos: la elección depende de los tiempos, de la historia y de la idiosincrasia de los diversos pueblos. Así, si los últimos papas (pero empezando sólo desde Pío XII con el mensaje radiado la navidad de 1944, cuya difusión fue prohibida en Alemania y en la República de Saló) parecían preferir para el Occidente contemporáneo el sistema representativo parlamentario, se han guardado mucho por otro lado de hacer de ello una especie de dogma, como si fuese el único aceptable para un católico.  Sencillamente, lo han considerado el más oportuno en estos tiempos para dichos países. Por los mismos motivos, la Iglesia no debe arrepentirse por haber mantenido a sus capellanes en las cortes de los reyes del Antiguo Régimen.

En aquellos tiempos, lugares, con aquellas historias y temperamentos era lo que convenía. Y sobre todo, se trataba de autoridades legítimas para las que regía el severo mandamiento del Apóstol: <<Que todos estén sometidos a las autoridades constituidas; ya que no hay más autoridad que la de Dios y las que existen son establecidas por Dios. Así, quien se opone a la autoridad se opone al orden establecido por Dios. Y quienes se opongan atraerán sobre sí la condena… Es necesario estar sometidos, no sólo por temor al castigo sino también por razones de conciencia… Dad a cada uno lo que le corresponde: a quien corresponda tributo, tributo; a quien temor, temor; a quien respeto, respeto…>> (Rom. 13, 1s, 5, 7). Desde el momento en que la Iglesia no puede <<inventarse>> una Revelación según la moda y las exigencias siempre cambiantes porque es esclava de la Palabra de Dios, el comportamiento <<católico>> específico ante los diferentes sistemas de gobierno debería juzgarse a la luz de este párrafo de Pablo y de otros del mismo tenor del Nuevo Testamento.

A la luz de lo expuesto, el problema no es achacable a la Iglesia <<oficial>>, acusada por efecto de su historia de su <<asimilación al poder>>, o de <<obsequiosidad con los gobiernos, sin importar el carácter de éstos>>. El problema se invierte para convertirse en el de los <<contestatarios>>, los <<revolucionarios>> que no obstante afirmaban inspirarse en las escrituras para llevar a cabo su lucha política, cuando éstas dicen justo lo contrario. No se cuestiona, pues, la legitimidad <<cristiana>> del jesuita del siglo XVII, consejero del rey en Versalles; en todo caso, se cuestiona la del sacerdote guerrillero o el catequista revolucionario.

Volviendo al inicio, el pensamiento católico siempre ha tenido en cuenta que todos los regímenes –hasta el más perfecto sobre el papel, el más noble en teoría- luego lo encarnan hombres. Así pues, a lo largo de los siglos el esfuerzo de la Iglesia se ha decantado menos por el perfeccionamiento de las estructuras y más por el de los hombres. Más que aspirar en abstracto a un <<buen gobierno>>, ha intentado contribuir a formar <<buenos gobernantes>>. La mejor estructura sociopolítica derivada de la teoría puede llegar a convertirse en una pesadilla si la dirigen hombres indignos. La política no se redime con los <<manifiestos>>, sino redimiendo a los políticos y <<purificando el corazón>> del pueblo que los lleva al gobierno y los apoya.

El prius no es la lucha para cambiar el sistema de gobierno en abstracto, que es siempre relativo, imperfecto e insatisfactorio, dado que el bien absoluto no existe en estas materias y lo máximo a lo que puede llegar la política es a limitar los daños. El prius resulta ser el compromiso para colocar en las estructuras de gobierno a buenos gobernantes.

Bajo este punto de vista también se juzgaría el grandioso esfuerzo de las órdenes religiosas, sobre todo de aquellas que surgieron después de la Reforma protestante (jesuitas, barnabitas, escolapios, y tantas otras para asegurar una formación católica a la clase dirigente) cuando se intentaba reconstruir una sociedad desgarrada. Sólo una superficialidad de antiguo contestatario puede escandalizarse porque aquellos religiosos parecieran favorecer a los hijos de los ricos, de los poderosos, de quienes <<cuentan>>, pues los pobres de ninguna manera fueron desatendidos. Sin embargo, formar para el deber, el sentido de la solidaridad, de la justicia y de la moderación a los vástagos de las familias nobles destinados a gestionar los poderes públicos en un futuro era la forma más eficaz de ocuparse también de la suerte del campesino, del obrero y del artesano que habrían podido sufrir los efectos prácticos de ese poder. Se trata de apuntes para ayudar a comprender el pasado y a intervenir sobre el presente, con vistas al futuro, sin salirse del sendero de una tradición milenaria.


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