Archive for the '5. Los Nazis y la Iglesia' Category

35. ¡Dale al católico!

Auschwitz, una vez más, ese pasado que <<no quiere pasar>>, o mejor dicho, que no se desea dejar pasar. Dicen que debería ser lugar del silencio, de la meditación y de la oración. Pero, precisamente, entre insultos y amenazadoras advertencias, se expulsa tal vez a las únicas personas –las monjas de clausura polacas- que querían vivir de esa manera.

Se produce otro combate, nada edificante, en aquel lugar de dolor. Convendría hacer aquí una acotación, para la memoria futura, pues son estas pequeñas piezas, que podríamos ignorar u olvidar, las que componen el mosaico de esa difamación del catolicismo ante el cual tantos <<católicos>> parecen no saber ya reaccionar hoy día. Si no es que, arrepentidos, no acaban por echar una mano a los difamadores.

Entre las edificaciones de aquel cambo hay una que alberga un instituto de investigación dirigido por el historiador polaco Franciszek Piper. Éste, haciéndose eco de que la misión de la historia es reconstruir la verdad, ha hecho quitar la gran lápida colocada desde hace décadas a la entrada de Auschwitz, según la cual habrían muerto en el campo cuatro millones de prisioneros. <<Es una cifra muy equivocada –ha declarado el profesor Piper-. Al cabo de muchos años de investigación en los archivos hemos alcanzado la certidumbre de que los muertos no fueron algo más de un millón y medio. (…)>>

Mientras que todas las partes interesadas han reaccionado aceptando este cómputo basado en una sólida documentación, no ha ocurrido lo mismo con la comunidad hebrea. En su seno se han elevado inmediatamente acusaciones candentes de querer <<banalizar el Holocausto>>, una reacción perfectamente comprensible. Cabe precisar que dos millones y medio de muertos menos en Auschwitz no contribuyen a reducir el horror de lo que allí aconteció.

De esas reacciones en caliente resulta desconcertante el habitual intento de aprovechar la ocasión para verter sobre el <<catolicismo>> la acusación de querer desmitificar el lugar donde, por el contrario, los católicos murieron en masa junto a los judíos… basta recordar a San Maximiliano Kolbe, sacerdote franciscano.

Ésta es la declaración de la directora del periódico judío de mayor tirada en Italia: <<Es difícil no relacionar este revisionismo con los fenómenos de antisemitismo que se están manifestando en Europa y que son muy fuertes en Polonia, auspiciados por la Iglesia y representantes de un ala del sindicato Solidaridad.>> Otros representantes de las comunidades judías en el mundo han llegado a declarar que historiadores como Piper hacían añorar la época en que en el Este de Europa detentaban el poder los comunistas. Convendría dirigirse a los millones de judíos soviéticos, y en general del Este europeo, que durante décadas sólo han tenido un sueño: huir lejos de cualquier lugar donde los comunistas estuvieran en el gobierno.

El director del Centro de Documentación Judía Contemporánea de Milán en sus declaraciones a La Stampa echa por tierra estas acusaciones tan acaloradas como inmotivadas: <<Conocemos a los historiadores en el instituto de Auschwitz porque colaboran con nosotros y son personas serias. Es cierto, sus cifras se corresponden con las nuestras.>> Pero por desgracia, ni siquiera la verificación de los datos detiene el deseo de seguir maldiciendo a los cristianos. De hecho, el mismo director del Centro de Documentación añade inmediatamente con desdén: <<No se han trasladado de Auschwitz el gran crucifijo y el convento de las carmelitas, a pesar de los acuerdos realizados. Es una muestra de la intención católica de deshebreizar aquel lugar.>> Y la directora del periódico judío, anuncia: <<En señal de protesta, en octubre nos movilizaremos a nivel mundial para expulsar a las monjas de Auschwitz.>>

Se cuenta que Joseph Fouché, el ministro de la policía de Napoleón, ante cualquier caso que se le presentaba daba la misma orden a sus investigadores: <<Cherchez la femme!>>, buscad a la mujer. Estaba completamente convencido de que detrás de cualquier affaire, había una mujer como inspiradora o cómplice. En los casos como el de Auschwitz parece que se haya cambiado la orden: <<Cherchez le catholique!>>. Suceda lo que suceda, la culpa siempre será de un <<católico>>.

34. Cristianos y nazis/2

Ya desde 1930, los protestantes se organizaron en la <<Iglesia del Reich>> de los Deutschen Christen, los <<Cristianos Alemanes>>, cuyo lema era: <<Una nación, una Raza, un Fürer.>> Su proclama: Alemania es nuestra misión, Cristo nuestra fuerza.>> El estatuto de esta Iglesia se modeló según el del partido nazi, incluido el <<párrafo ario>> que impedía la ordenación de pastores que no fueran de <<raza pura>> y dictaba restricciones para el bautismo a aquellos que no poseyeran buenos antecedentes de sangre.

Citando la crónica enviada por el corresponsal en Alemania del periódico norteamericano Time, publicado el 17 de abril de 1933, meses después del ascenso a la cancillería de Hitler: <<El gran Congreso de los Cristianos Germánicos ha tenido lugar (…) para presentar las líneas de las Iglesias evangélicas en Alemania en el nuevo clima auspiciado por el nacionalsocialismo. El pastor Hossenfelder ha comenzado anunciando: “Lutero ha dicho que un campesino puede ser más piadoso mientras ara la tierra que una monja cuando reza. Nosotros decimos que un nazi de los Grupos de Asalto está más cerca de la voluntad de Dios mientras combate, que una Iglesia que no se une al júbilo por el Tercer Reich.”>> (La jerarquía católica no se había <<unido al júbilo>>) El Time proseguía: <<El pastor doctor Wienke-Soldin ha añadido: “La cruz en forma de esvástica y la cruz cristiana son una misma cosa. Si Jesús tuviera que aparecer hoy entre nosotros sería el líder de nuestra lucha contra el marxismo y contra el cosmopolitismo antinacional.” (…) >> No fue la expresión de un grupo minoritario: en las elecciones eclesiásticas de 1933 los <<cristonazis>> obtenían el 75%.

Quien en su momento fue el cardenal Joseph Ratzinger explicaba que: <<(…) La concepción luterana de un cristianismo nacional, germánico y antilatino, ofreció a Hitler un buen punto de partida, paralelo a la tradición de una Iglesia de Estado y del fuerte énfasis puesto en la obediencia debida a la autoridad política, que es natural entre los seguidores de Lutero. (…) Un movimiento tan aberrante como los Deutschen Christen no habría podido formarse en el marco de la concepción católica de la Iglesia. En el seno de esta última, los fieles hallaron más facilidades para resistir a las doctrinas nazis. Ya entonces se vio lo que la Historia ha confirmado siempre: la Iglesia católica puede avenirse a pactar estratégicamente con los sistemas estatales, aunque sean represivos, como un mal menor, pero al final se revela como una defensa para todos contra la degeneración del totalitarismo. (…)>>

En efecto, el típico dualismo luterano que divide el mundo en dos Reinos (el <<profano>> confiado sólo al Príncipe, y el <<religioso>> que es competencia de la Iglesia, pero de la cual el propio Príncipe es Moderador y Protector, cuando no su Jefe en la tierra), justificó la lealtad al tirano. Proseguía el entonces cardenal: <<precisamente porque la Iglesia luterana oficial y su tradicional obediencia a la autoridad, cualquiera que fuera ésta, tendían a halagar al gobierno y al compromiso en servirlo también en guerra, un protestante necesitaba un grado de valor mayor y más íntimo que un católico para resistir a Hitler>>. En resumidas cuentas, la resistencia fue siempre una excepción, un hecho individual, de minorías, que <<explica por qué los evangélicos han podido jactarse de personalidades de gran relieve en oposición al nazismo>>. Era necesario un gran carácter para resistir porque se trataba de ir contra la mayoría de fieles y las enseñanzas mismas de la propia Iglesia.

Naturalmente, dado que la historia de la Iglesia católica es también la historia de las incoherencias, de sus concesiones, de los yerros del <<personal eclesiástico>>, no todo fue brillo dorado ni entre la jerarquía ni entre los religiosos y fieles laicos. Se ha discutido mucho, por ejemplo, acerca de la  oportunidad de la firma en julio de 1933 de un Concordato entre el Vaticano y el nuevo Reich.

En primer lugar, hay que considerar –y esto, naturalmente, vale para todos los cristianos católicos o protestantes- que hacía pocos meses desde el advenimiento a la Cancillería de Adolf Hitler, que todavía no había asumido todos los poderes y por lo tanto no había revelado al completo el rostro del régimen. Recuérdese que hasta 1939, el primer ministro británico Chamberlain defendía la necesidad de una conciliación con Hitler y que el mismo Winston Churchill escribió: <<Si un día mi patria tuviera que sufrir las penalidades de Alemania, rogaría a Dios que le diera un hombre con la activa energía de Hitler.>> Joseph Lortz, historiador católico de la Iglesia, dice: <<No hay que olvidar nunca que durante mucho tiempo, y de una forma refinadamente mentirosa, el nacionalsocialismo ocultó sus fines bajo fórmulas que podían parecer plausibles.>> Ahora nosotros juzgamos aquellos años sobre la base de la terrible documentación descubierta: pero sólo después.

En cualquier caso, en lo referente al Concordato de 1933 cabe señalar que no debía ser un texto tan impresentable si, aunque con alguna modificación, todavía sigue vigente en la República Federal Alemana[1], limitándose casi a repetir los acuerdos firmados tiempo atrás con los Estados de la Alemania democrática prenazi. Recuérdese también que en 1936, apenas tres años después del pacto, la Santa Sede ya había presentado al gobierno del Reich unas 34 notas de protesta por violación del citado Concordato. Y como punto final a aquellas continuas violaciones, al año siguiente, en 1937, Pío XI escribió la célebre encíclica Mit brennender Sorge.

Bien es verdad que, una vez declarada la guerra, el Concordato de 1933 fue para Berlín poco menos que papel mojado. Sin embargo, recordó a los creyentes perseguidos que en Europa no sólo existía el omnipotente Tercer Reich. También existía la Iglesia romana, desarmada pero temible hasta para el tirano que, por más que desafiara al mundo entero, no osó pedir a los paracaidistas que tenía situados en una Roma de la que había huido el gobierno italiano, que rebasaran las fronteras de la colina vaticana.

___

[1] La primera edición del libro materia de síntesis fue publicada en 1992.

33. Cristianos y nazis/1

Si Alemania hubiera sido católica, no habría responsabilidades que echarse en cara: el nacionalsocialismo habría seguido siendo una facción política impotente y folclórica. Primero fueron Lutero y sus sucesores y luego, en el siglo XIX, Otto von Bismarck, quienes intentaron con toda la violencia a su alcance desterrar de Alemania el catolicismo, considerado como una sumisión a Roma indigna de un buen patriota alemán. El <<Canciller de Hierro>> definió su persecución de los católicos como Kulturkamp, <<lucha por la civilización>>, con el fin de separarlos por la fuerza del papado <<extranjero y supersticioso>> y hacerlos confluir en una activa Iglesia nacional, al igual que pretendían los luteranos desde siglos atrás. No lo consiguió.

Después de la reforma luterana, sólo un tercio de los alemanes siguió siendo católico. Hitler no llegó al poder mediante un golpe de Estado, lo hizo con toda legalidad, mediante el democrático método de elecciones libres. No obstante, en ninguna de aquellas elecciones tuvo mayoría en los Länder católicos, los cuales, obedientes (entonces lo eran…) a las indicaciones de la jerarquía, votaron unidos por su partido, el glorioso Zentrum, que ya había desafiado victoriosamente a Bismark y que también se opuso a Hitler hasta el último momento.

Se ha hecho todo lo posible para que olvidemos que Hitler nunca habría desencadenado la guerra sin la alianza con la Unión Soviética que, en 1939, bajó al campo de batalla con los nazis para dividirse Polonia. Y fueron los soviéticos quienes, al librar a Hitler de la amenaza del doble frente le permitieron llegar hasta París, después de conquistar Varsovia. Hasta la <<traición>> de Hitler en el verano de 1941, los motores de carros de combate nazis del Blitz y los aviones de batalla rodaron con el petróleo de la soviética Bakú. Sobre los alardes de <<importantes méritos antifacistas>> del comunismo internacional, tan predispuesto a definir a los católicos (los <<clérigo-facistas>>) de encubridores de la gran tragedia… no son méritos que ostentan los comunistas sino responsabilidades gravísimas.

El nazismo cayó gracias a la obstinación de Inglaterra, que consiguió traer a la potencia industrial americana y que, de acuerdo con su política tradicional más que por motivos ideales (el propio Churchill había sido admirador de Mussolini y tuvo palabras de aprecio y elogio para Hitler), nunca había soportado la existencia de una potencia hegemónica en la Europa continental. Así había ocurrido con Napoleón y con la entrada en la guerra de 1914: no fue una guerra de principios sino una estrategia imperial.

Volviendo al ascenso de Hitler, recordemos que en las decisivas elecciones de marzo de 1933, los Länder protestantes le proporcionaron la mayoría, pero las zonas católicas lo mantuvieron en minoría. El 21 de marzo, día de la primera sesión del Parlamento del Tercer Reich, las solemnes ceremonias se abrieron con un servicio religioso en el templo luterano de Postdam. Joachin Fest, el biógrafo de Hitler, escribe: <<Los diputados del católico Zentrum tenían permiso para entrar en el servicio religioso (luterano) de la iglesia de los santos Pedro y Pablo sólo por una puerta lateral, en señal de escarnio y venganza. (…)>> La famosa foto de Hindenburg estrechando la mano de Hitler se realizó en los escalones del templo protestante. <<Inmediatamente después –escribe Fest- el órgano entonó el himno de Lutero: Nun danket alle Gott, y que ahora todos alaben a Dios.>>

Desde 1930, en la Iglesia luterana, los Deutschen Christen (los Cristianos Alemanes) se habían organizado siguiendo el modelo del partido nazi en la <<Iglesia del Reich>> que sólo aceptaba a bautizados <<arios>>. Se trata de una larga y penosa historia que, por ejemplo, cuenta que en julio de 1944, tras el fallido atentado a Hitler, mientras lo que quedaba de la Iglesia católica alemana guardaba un profundo silencio, los jefes de la Iglesia luterana enviaban un telegrama: <<En todos nuestros templos se expresa en la oración de hoy la gratitud por la benigna protección de Dios y su visible salvaguarda.>>

32. En los tiempos de la esvástica

Rainer Zitelmann –nombre que parece sugerir un origen judío- es un autor que pese a su juventud, goza de una sólida reputación académica. Nació en 1957, es decir, doce años después de la muerte del personaje al que ha dedicado sus investigaciones desde que se licenció en Historia. Su ensayo, Hitler, es uno de los primeros frutos del trabajo de una generación libre de recuerdos y de los subsiguientes condicionamientos personales. Altamente recomendable para el lector que busque objetividad.

En este libro pueden encontrarse párrafos sorprendentes, como este: <<El objetivo de las disposiciones económicas antisemitas era obligar a los judíos a abandonar Alemania. Para este propósito se aunaron los esfuerzos tanto de los nacionalsocialistas como de los sionistas. Ya en 1933 se había iniciado una colaboración entre los organismos oficiales alemanes (Gestapo incluida) y los hebreos, con el fin de favorecer la emigración fuera de Alemania de la población judía. En efecto, en los cinco años comprendidos entre 1933 y 1937, abandonaron Alemania unos 130,000 judíos, de los cuales 38,400 hallaron refugio en la nueva patria palestina.>>

Aquí tenemos una prueba de la manipulación de la verdad, practicada durante casi medio siglo. Al ofrecernos esta noticia de una colaboración entre nazis y sionistas (los unos tratando de librarse de los judíos, los otros interesados en su expulsión para dar forma al sueño del nuevo Israel en un territorio que llevaba siglos siendo árabe), Zitelmann no nos revela el resultado de descubrimientos en archivos secretos: la colaboración entre la esvástica y la estrella de David se realizó a la luz del día y hasta los periódicos de la época hablaron de ella. Nosotros, que no pudimos leer esos periódicos, no hemos sabido nada porque los historiadores siempre han ocultado ese embarazoso tema.

Prosigue el joven historiador: <<El que el número de emigrados judíos no haya sido superior se debió, por una parte, a la aplicación cada vez más restrictiva que realizaban numerosas naciones de las disposiciones referidas a las migraciones judías; y, por otra parte, a la actitud de numerosos judíos alemanes, que siguieron haciéndose ilusiones sobre el régimen nazi hasta los últimos meses de 1937. Un ejemplo de ello es “la llamada a los judíos de Alemania” lanzada a finales de diciembre de 1937 por la Delegación Nacional de los Judíos Alemanes, en la que se invitaba a la población judía a “no dejarse llevar por injustificados sentimientos de pánico”.>>

El antisemitismo nazi no se topó con una oleada de solidaridad nacional, por el contrario, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia –países con mayores comunidades hebreas- cerraron las puertas en las narices a los israelitas que salían de Alemania. ¿Fue éste otro de los efectos de la política del poderoso movimiento sionista, que pretendía oponer a toda costa el mayor número de judíos a los árabes de Palestina, obligando a cerrar cualquier otra vía a los exiliados? Para responder a esta pregunta conviene no olvidar los tratados de posguerra (secretos) entre Israel y la Unión Soviética, para sacar a los judíos de las fronteras soviéticas y desviarlos directamente y sin escalas a Tel-Aviv.

La noticia de la perseverante ilusión de los judíos alemanes acerca de las intenciones del nazismo puede ser útil en el momento de valorar la airada polémica contra la Iglesia católica por el acuerdo alcanzado con Hitler –Concordato- en julio de 1933, ¡Cuatro años y medio antes de que los propios judíos alemanes juzgaran <<injustificado>> el alarmismo excesivo! Pero el 21 de marzo de aquel 1937, en las 11,500 parroquias católicas del Reich se leyó la Mit brennender Sorge en la que Pío XI, <<con ardiente preocupación>>, denunciaba <<el calvario>> de la Iglesia y desenmascaraba el carácter anticristiano del régimen, incluyendo las teorías raciales. Goebbels anotó en su diario: <<Ahora, los curas tendrán que aprender a conocer nuestra dureza, nuestro rigor y nuestra inflexibilidad.>>


Prefacio

Capítulos

Descarga la 11ª Edición

Revisa también

Bienvenidos

free counters