62. Gandhi


Cuanto más tiempo transcurre, más divididas están las opiniones. Para unos es un santo, una de las grandes figuras del siglo. Para otros –sobre todo para historiadores que conocen la complejidad de su biografía- un hombre sobre el que hay que plantear cada vez mayores interrogantes. Entre los <<peores>> se encuentra el famoso historiador inglés contemporáneo Paul Johnson, que pasó del juvenil compromiso marxista-leninista a una opción demócrata-liberal. Según Johnson, alrededor de Gandhi se creó una corte de <<charlatanes>> y el mismo Maestro (el Mahatma, el <<alma grande>>) no carecía de sospechosas excentricidades.

<<Tanto él como su madre, de la que heredó un estreñimiento crónico –señala el historiador inglés- estaban obsesionados sobre todas las cosas por la asimilación y evacuación de los alimentos. (…) La primera pregunta que les dirigía (a su corte de mujeres) al levantarse era: “Hermanas, ¿Habéis ido bien de cuerpo esta mañana?” (…) aunque comía con avidez –uno de sus discípulos dijo: “Era uno de los hombres más hambrientos que yo haya conocido jamás”- su comida s seleccionaba y preparaba con sumo cuidado. (…) Su ashràm, con sus costosos gustos “sencillos” y las innumerables “secretarias” y criadas, recibía las cuantiosas subvenciones de tres ricos comerciantes. Un miembro de su círculo observó: “¡Hacer vivir a Gandhi en la pobreza cuesta un montón de dinero!”>>. Así también, aunque le han mitificado muchos que creen en el valor liberador del sexo, el <<verdadero>> Mahatma daba muestras de una especia de sexofobia que lo alejó incluso de su esposa. Con las mujeres sólo practicaba el Brahmachatya, es decir, dormir rodeado de muchachas desnudas para extraer de ellas calor y energía. Pero, al fin y al cabo, esto sólo son cotilleos. ¿De verdad puede ser Gandhi un maestro superior superando incluso a Jesucristo?

Se trata de una figura excepcional, sin embargo, para comprender al <<verdadero>> Gandhi, deben recordarse ciertos hechos eliminados con apuros, como por ejemplo, el feeling entre el indio y el fascismo italiano. En 1931, Gandhi fue a Roma para encontrarse con Mussolini, hacia quien expresó simpatía y estima, consideración que le fue devuelta por el dictador, quien financió el movimiento de Gandhi por motivos –no únicamente- antibritánicos.

Habitualmente también se olvida que, citando a Paul Johnson, <<esta figura es comparable a una planta exótica capaz de florecer únicamente en el protegido ambiente del liberalismo inglés>>. Ambos adversarios –Gran Bretaña y Gandhi- se mostraron dignos uno del otro, llevando cada uno su papel con decoro. Pero si esto tuvo lugar en los largos años del enfrentamiento y tal vez del choque fue debido a que Gandhi revisitó de rasgos orientales una formación casi enteramente occidental. En realidad, después de licenciarse en Leyes en Inglaterra, el joven Gandhi se movió largo tiempo por Londres con sombrero bombín y paraguas; su asimilación no será sólo una cuestión de indumentarias. Él no vino a Europa a traer los valores religiosos de su tradición india; volvió a descubrir la suya bajo el impacto del encuentro con el cristianismo. Lo que más fascinación produce en él es el resultado de la adaptación de la visión oriental a categorías que únicamente pertenecen al Evangelio.

El hinduismo había creado un sistema infernal de castas de las cuales expulsaba a los llamados precisamente, <<sin casta>>: los <<parias>> o <<intocables>>. Sobre un total de cuatrocientos millones de indios, casi cien millones se encontraban en una situación infrahumana. Los parias a su vez, se subdividían en: <<los malditos>>, <<los excomulgados>>, y <<los rechazados>>. Gandhi definió este sistema milenario como un <<delito monstruoso contra la humanidad>> y luchó por su abolición. Sigue vigente el tenaz compromiso de Gandhi contra un sistema inhumano, cuya responsabilidad recaía, sin embargo, en aquel sistema sociorreligioso hinduista del que se consideró hijo hasta el final. Y combatió, y venció, al menos teóricamente, a aquel sistema gracias a valores externos al hinduismo, es decir, gracias al cristianismo.

El primero de los cuatro artículos de la <<doctrina>> de Gandhi exigía la adhesión a las Sagradas Escrituras de la India, pero ¿no eran precisamente esas Escrituras las que aprisionaban a las masas en lo que él mismo calificó <<un delito monstruoso>>? Y ¿no había tenido que recurrir a otras Escrituras, las del monoteísmo bíblico (el Nuevo Testamento, sobre todo, pero también en alguna medida al Corán) para romper el círculo <<monstruoso>>? Recordemos que Gandhi no acabó asesinado a manos de los colonialistas ingleses: fue un devoto hindú, que lo acusaba de <<modernismo>> y de <<occidentalismo>> y de haber contaminado las Sagradas Escrituras de la tradición autóctona con la Biblia, quien descargó una pistola sobre él.

Gandhi no sería Gandhi sin Jesús, tal como él mismo lo reconoció en numerosas ocasiones. En la famosa entrevista concedida a un misionero protestante corresponsal de un periódico inglés, dijo haber tomado directamente del Evangelio el concepto de la <<no violencia>>, con sus corolarios de <<resistencia pasiva>> y  <<no cooperación>>. En efecto, su <<pacifismo conserva el fuerte sabor del Nuevo Testamento y poco o nada tiene que ver con el irreal y perjudicial utopismo de tantos occidentales que creen identificarse con su mensaje.

Sería una caricatura del mensaje de Gandhi el intentar apropiarse del mismo bajo esa perspectiva laica, libertaria y hedonista que identifica a tantos movimientos de hoy día. Siguiendo con el Mahatma: <<La no violencia debe nacer del satyagraha (la fuerza espiritual). Y ésta requiere el control, que sólo se obtiene mediante una constante batalla por la pureza y la castidad, de todos los deseos físicos y egoístas.>> Una concepción de duro ascetismo que es todo lo contrario de lo que teorizan y practican algunos de los autodenominados <<gandhianos>> de hoy. Éstos se escandalizarían, además, si supieran que la famosa tolerancia del Maestro tenía un límite establecido: <<No debemos tolerar nunca la falta de religión>>. No es por casualidad que sobre su tumba sólo se grabaron las palabras <<¡Dios!, ¡Dios!>>.

<<Gandhi costaba caro, en dinero y en vidas humanas. Sabía crear un movimiento de masas pero no sabía controlarlo. (…)>> Alguien se ha atrevido a sospechar que, en la práctica, la obra de Gandhi ha sido más perjudicial que benéfica para la India, por el desmesurado coste de las pérdidas en masacres y destrucción. Y asimismo, por dejar tras de sí una herencia política que fue cualquier cosa menos gloriosa. En resumen, una vez más nos encontraríamos frente a un caso de <<heterogénesis de los fines>>, es decir, las buenas teorías que en la práctica producen desastres.

La India que Gandhi se propuso liberar sólo era una expresión geográfica. De los cuatrocientos millones de habitantes, doscientos cincuenta eran <<hinduistas>>, nombre que identifica una realidad indefinida y magmática, donde hay espacio para todo y para nada, a causa de las infinitas sectas que a menudo se enfrentan entre sí. Había noventa millones de musulmanes, seis millones de sikhs y muchos otros millones pertenecían a religiones menores o eran budistas o cristianos, divididos entre protestantes y católicos. En el ámbito político, el territorio estaba subdividido entre más de quinientos príncipes y marajás dotados de una gran independencia. Se contaban 32 lenguas, 200 dialectos y 2000 castas. Este explosivo mosaico se mantenía unido por la administración británica, que con pocas decenas de miles de hombres, se limitaba casi únicamente a evitar la desintegración de ese enorme país, cuya unidad sólo existía sobre el papel. O solamente en los nobilísimos sueños de Gandhi, quien, con su predicación político-religiosa, actuó de detonante de la mezcla explosiva.

Una vez desatada la violencia, Gandhi anunció a la multitud: <<Lo que ha ocurrido ha sido por vuestra culpa y por la mía. Sí, soy culpable de haber pensado que la India estaba madura para la conquista pacífica de la independencia. Busquemos en nuestro interior las causas de la violencia que se ha desatado.>> Nos hallamos ante palabras y actitudes muy nobles, pero que se hallan en la cima del idealismo, lejos de aquel realismo del que debe dotarse absoluta e indispensablemente quien, como él, desee ser un guía moral y político.

Tras un incremento de las manifestaciones violentas -¡suscitadas por la predicación <<no violenta>>!- se llegó a la catástrofe de 1947, cuando los ingleses abandonaron la India a sí misma, concediéndole la independencia. Se cumplía el sueño de la vida de Gandhi, pero también fue uno de sus mayores sufrimientos. Escribe Johnson: <<Él, que había hecho posible todo aquello, le confió a lady Mountbatten, la esposa del último virrey de Gran Bretaña: “Estos acontecimientos no tienen ningún precedente en la historia mundial y me hacen bajar la cabeza de vergüenza.”>>.

Gandhi siempre había mantenido con obstinación (y contra toda evidencia) que la liberación del país uniría a hindúes y musulmanes en una pacífica convivencia. Por el contrario, estos últimos procedieron a la secesión armada con la creación de Pakistán. Como declaró Francis Tuker, uno de los generales ingleses que se iban: <<por todas partes se desencadenó la más feroz de las barbaries, con locos homicidas que degollaban, mutilaban e incendiaban. Interminables columnas de desvalidos atravesaban el país, atacados por fanáticos políticos y religiosos>>.

Tampoco lo tuvo mejor su descendencia política: su queridísimo discípulo, el Pandit Nehru, tomó el poder y lo mantuvo durante diecisiete años. Si, como se dice, se conoce al árbol por sus frutos, el árbol de Gandhi (impresionante en el plano ético y teórico) dio frutos amargos en el plano práctico. Tal vez sea la enésima revalidación del realismo cristiano que no cesa de proponer el ideal pero, a la espera del Reino futuro, no pierde de vista la <<realidad efectiva>> de un mundo en el que el grano y la malas hierbas se mezclan hasta la siega final.


Prefacio

Capítulos

Descarga la 11ª Edición

Revisa también

Bienvenidos

free counters

A %d blogueros les gusta esto: