60. Suicidios


<<¡Antiguamente no se les hacía un funeral dentro de la Iglesia a los que se mataban!>>, exclama un anciano mirando el noticiero. En la pantalla aparecen imágenes de una iglesia de Brescia: retransmite una misa solemne y muestra en medio de la nave central el féretro, cubierto de claveles rojos y con la bandera del partido, del diputado socialista que se disparó en la cabeza con un fusil a causa del famoso <<escándalo de las comisiones>>.

En lo relativo al suicidio la condena radical del mismo fue uno de los rasgos que inmediatamente distinguieron al cristianismo de las culturas paganas –para las cuales, en ciertas circunstancias, quitarse la vida era un acto noble- y de la tradición hebraica (El Antiguo Testamento no establece alguna ley al respecto). Para el cristiano es el extremo de la degradación  del pecado. La condena de la autolisis fue tan explícita en la christianitas medieval que se castigaba a quien salía vivo del intento de darse muerte igual que a un homicida.

Las sanciones para aquellos que habían intentado quitarse la vida sin lograrlo aparecían en el Código de Derecho Canónico, antes que el nuevo –de 1983-, hiciera tabla rasa de tantas cosas que la Tradición, la experiencia de la fe y el sentimiento de la fe habían destilado durante siglos. Así, antes de 1983, el católico que hubiera intentado suicidarse no podía acceder a las órdenes sagradas; si ya era sacerdote, se le castigaba con diversas sanciones; si era laico, quedaba excluido de algunos derechos reconocidos por la Iglesia. En cuanto a los que consiguieran su propósito autodestructivo, la sanción consistía en la privación de todas las exequias religiosas y de otros oficios fúnebres de carácter público, salvo se probase de manera irrebatible que el suicida era presa de una grave perturbación psíquica en el momento de cometer su acto.

Esta falta de referencia al suicido constituye una censura, al igual que sucede con la cremación, en la praxis y en la doctrina de la Iglesia. Romano Amerio recuerda: <<La doctrina católica reconocía en el suicidio una triple falta: un defecto de fortaleza moral, ya que el suicida cede ante la desventura; una injusticia porque pronuncia contra su persona una sentencia de muerte contra su propia causa y sin estar cualificado; una ofensa a la religión, ya que la vida es un servicio divino de cuyo complimiento nadie puede eximirse por su cuenta.>>

Por otro lado, la aparente severidad de la Iglesia antes de las <<variaciones>> actuales tendía a proteger también la vida de quienes hubieran intentado seguir el ejemplo del infortunado. Así, a los tres motivos de condena de la Iglesia expuestos por Amerio se añade el de escándalo, el mal ejemplo que se da a los que sobreviven: <<Si él lo ha hecho, ¿por qué yo no?>>. En efecto, en el anterior Código no se negaban los funerales religiosos a los suicidas de los que sólo la familia conocía la causa de la muerte: al quedar limitado el alcance del escándalo, la Iglesia permitía las exequias religiosas, ratificando de este modo que su rechazo a los otros infortunados se debía a la responsabilidad de proteger al rebaño de fieles de influencias perniciosas más que a la pretensión de adelantarse al juicio de Dios.

Hoy, como señala el ya citado Amerio, hemos llegado hasta este punto: <<Se ha convertido en una costumbre loar al suicida en la homilía de la misa fúnebre. (…)>> El Arzobispo de Praga, durante la celebración del funeral por Jan Palach (que se inmoló vivo en Praga en protesta por la invasión rusa de 1968) declaró: <<Admiro el heroísmo de estos hombres, aunque no puedo aprobar su gesto.>> El investigador suizo comenta al respecto: <<Al cardenal se le escapa el matiz de que heroísmo y desesperación –o sea, ausencia de fortaleza- no van unidos.>>


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