59. Montecassino


Antes de hablar de Montecassino, recordemos cómo Hitler, en sus últimos Tischreden, o <<discursos de sobremesa>>, reconoció que la alianza con Italia había sido su ruina. Ésta, pretendiendo <<romperle los riñones>> a Grecia, se encontró en cambio con que le invadían media Albania y casi se vio lanzada al mar por el pequeño pero combativo ejército helénico. Atascados de este modo en los Balcanes, tuvo que ser el Blitz alemán el que salvara a los italianos mediante la invasión de Yugoslavia, pillando a los griegos desprevenidos. Fue una campaña imprevista e indeseada por el Estado Mayor de Berlín, pero que venía impuesta por la necesidad de sacar a los aliados del embrollo en el que ellos mismos se habían metido.

Esta acción tuvo dos consecuencias decisivas: amplió enormemente el frente, creando luego una feroz guerrilla en los Balcanes ocupados. Pero sobre todo, retrasó unas cuantas semanas la <<Operación Barbarroja>>, es decir, el ataque contra la Unión Soviética: una dilación que resultó fatal para los alemanes, que, justo cuando llegaron a las afueras de Moscú, se vieron sorprendidos por el <<general Invierno>>. La ocupación de la capital, ya liberada del gobierno soviético, y el repliegue a los Urales –donde Hitler esperaba detenerse y hacerse fuerte por tiempo indefinido- no tuvo lugar a causa de aquellos pocos días socorriendo a los italianos en Grecia. Similar ayuda tuvieron que brindar los alemanes en el norte de África, desviando recursos y hombres hacia Libia y Egipto, lo que impidió el plan de la diplomacia nazi, que consistía en una propaganda anticolonial para provocar la insurrección del mundo árabe contra Gran Bretaña. A diferencia de Alemania, Italia pretendía suceder al Imperio británico en el control de aquellos territorios, mas no pudo sola. Tampoco olvidó Hitler la <<traición>> italiana del 8 de septiembre de 1943, que provocó la apertura imprevista de un nuevo frente. Italia creyó estar ayudando, pero contribuyó en mayor medida que los aliados al fracaso alemán. La Providencia, a pesar de las apariencias, siempre sabe lo que hace.

Volvamos a Motecassino. En esta celebérrima montaña situada al sur de roma fueron nada menos que los nazis quienes cumplieron el papel de <<amigos del hombre y de su cultura>>. Los alemanes habían extendido en esa zona, tras el revés italiano y el desembarco aliado en el Sur, una apresurada <<línea Gustav>>. Montecassino, con su roca elevándose solitaria en la llanura, resultaba una base ideal, pero el mariscal de campo Albert Kesserling, un católico bávaro representante de la antigua casta militar prenazi que añadía a la dureza su peculiar concepto del honor, no se sintió capaz de fortificar el lugar, porque así lo convertiría un blanco militar exponiéndolo a su destrucción.

Los alemanes (hijos, pese a todo, de uno de los países más cultos del mundo y católico al menos en un tercio de su población) sabían bien lo que representaba para la civilización universal el lugar donde reposaba, junto a santa Escolástica, Benito de Norcia, que no por casualidad fue proclamado principal patrón de Europa. En Montecassino se escribió aquella Regola que durante el derrumbamiento de la civilización clásica contribuyó en gran manera a salvar lo mejor del mundo antiguo y a inaugurar el nuevo. Aquí, en los grandes scriptoria, los monjes habían copiado obras inmortales que de otro modo se habrían visto destinadas al olvido o a la destrucción. Aquí se encontraba el corazón de un probo ejército que, desde Escocia a Sicilia, había trabajado durante más de mil años por la salvación eterna de los hombres pero también por una vida mejor en la tierra.

Es un dato conocido en la actualidad que los aliados, principalmente los americanos, sabían que en el monte y el interior de la abadía no se hallaban tropas alemanas. En cambio, había prófugos, heridos, enfermos, viejos y mujeres que eran acogidos por los monjes. También es conocido que decidieron la destrucción por motivos no militares, empujados por un deseo de destrucción que sólo puede explicarse por el deseo de hacer desaparecer de la faz de la tierra uno de los símbolos más significativos del <<papismo>> católico.

Una vez despejada la abadía de objetos y personas, el 15 de febrero de 1944, tan puntualmente como se había anunciado, una nube de fortalezas flotantes americanas apareció en el cielo de Montecassino e inició el bombardeo <<de precisión>>, mientras, para completar la destrucción, desde la llanura se empezaban a disparar las armas de fuego de grueso calibre de los aliados. Así durante tres días. Todo fue destruido menos la cripta, en la que se hallaron intactas las reliquias de Benito y Escolástica. Cual espectáculo, un equipo de cineastas filmó el bombardeo.

Cuando acabó el bombardeo, viendo que no quedaba nada por salvar, la Wehrmacht ocupó el monte y se hizo fuerte entre los escombros. En el plano estratégico, el vandalismo americano resultó muy valioso para los alemanes porque hallaron en las ruinas un refugio ideal para asentamientos tan seguros que fueron capaces de resistir durante meses y meses los encarnizados asaltos. Los treinta mil caídos aliados, muchos de ellos polacos, que reposan en los cementerios de la zona también deben achacarse a la decisión americana de destruir la abadía. Fue una locura desde la perspectiva militar y un crimen desde el plano cultural pero, probablemente, una exigencia irreprimible y oscura, una necesidad liberadora para aquel cóctel de protestantismo radical e iluminismo masónico que, desde el principio, distingue a la clase dirigente americana.

Si alguien juzgara las sospechas de fines no militares en el bombardeo de la venerable abadía, puede leer entre otros a Giorgio Spini, historiador de confianza por tratarse de un valdense, tenaz defensor de la supremacía del protestantismo, y quien describe <<las proporciones que alcanzan en Estados Unidos los movimientos anticatólicos, con la desagradable brutalidad de algunas de sus manifestaciones>>. Prosigue este historiador reformado: <<Aún prescindiendo de semejantes muestras de intolerancia e histeria, es indudable la existencia en la historia norteamericana de un estado de alarma por la inmigración católica y por la amenaza que podría representar para las principales instituciones americanas.>>


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