58. Papas enfermos


La dinastía de los pontífices es la más antigua de la historia que todavía subsiste: la misteriosa cadena iniciada con Simón Pedro, pescador de Cafarnaúm, prosigue sin interrupción hasta Benedicto XVI. Se trata de una sucesión de más de 270 nombres que avanza a lo largo de los siglos recorriendo toda la historia. Pero es una dinastía completamente anómala porque está compuesta por hombres que están siempre en el umbral de la vejez o son ya ancianos en el momento de su elección. El <<oficio>> de Papa es el único en el que la juventud se considera un obstáculo insuperable para poder ejercerlo. Numerosos cardenales de valía se han visto excluidos en las votaciones de sus colegas por ser <<demasiado jóvenes>>. De ahí toda la serie de achaques seniles y la importancia del arquíatra pontificio, el médico personal de esos ancianos.

Pero lo sorprendente es que el cuadro bimilenario de la salud pontificia parece presentar todas las patologías existentes con una sola excepción: la locura. Ni siquiera la arteriosclerosis senil, que sin duda afectaría a algunos de ellos en sus últimos años, provocó delirios perjudiciales para la enseñanza dogmática. De lo que se deriva para el creyente la confirmación de una ayuda especial del Espíritu Santo. La potestad del Papa in spiritualibus es absoluta: la Iglesia ve en él al maestro supremo de la fe. ¿Qué hubiera sucedido si, a causa de alguna enfermedad psíquica, tan sólo uno de esos <<vicarios de Cristo>> hubiese empezado a dictar algo contrario a la fe católica de la que es inapelable guardián? Nunca sucedió; y el creyente está seguro de que jamás sucederá.

Ha habido papas inmorales, indignos –al menos según nuestras actuales categorías éticas- de su altísimo oficio. Pero justamente esos pontífices que menos practicaron las exigencias de la fe fueron los más firmes y decididos proclamando la verdad de la misma. Alejandro VI, considerado un ejemplo tal vez demasiado fácil de la abyección moral en la que cayó el papado renacentista, fue un impecable maestro de fe. Quizás actuó mal, pero predicó estupendamente, y eso es lo que se espera de un sucesor de Pedro, llamado por Jesús mismo a una función principal, la de <<ratificar a los hermanos en la fe>>.

La enseñanza papal precede y es mucho más importante que el deseable ejemplo moral. La pureza de dicha enseñanza siempre se ha visto protegida de los estropicios de la arterioesclerosis y los achaques de locura, más que de la inmoralidad de las costumbres: practicadas pero nunca <<teorizadas>> ni presentadas al <<estilo radical>> como un bien.

El <<vaticanista>> de un importante periódico conocido por su combativo laicismo ha escrito un artículo sobre las enfermedades papales. Entre los enfermos, ha puesto acertadamente a Inocencio VIII, que fue Papa de 1482 a 1492, por tanto, el inmediato predecesor del Borgia. Escribe: <<Se cuenta que el arquíatra pontificio al ver al pontífice exangüe y decaído pensó infundirle nuevas fuerzas inyectándole en las venas sangre de sonrosados mocitos (…). Para llevar a cabo el experimento se compraron al precio de un ducado cada uno a tres rollizos chiquillos de familias populares que, naturalmente, murieron desangrados sin que por otro lado, mejorara la salud del pontífice.>>

Estaría bien ahora ver cómo fueron las cosas. Para saberlo, nos remitimos a la fuente todavía hoy más fidedigna: los dieciséis volúmenes de la Historia de los papas desde finales de la Edad Media del emitente barón austríaco Ludwig von Pastor. Dice: <<Stefano Infessura cuenta que el médico judío de Inocencio VIII hizo degollar a tres criaturas de unos diez años, presentando al Papa la sangre obtenida como único medio de conservar su vida. Como fuera que el Papa rechazó la sangre, el malvado médico se dio a la fuga. Si esta historia fuese cierta, se obtendría un dato importante para probar que los judíos usaban sangre humana con fines medicinales. Pero los despachos de la embajada de los agentes mantuanos, todavía inéditos y que examiné personalmente, no dicen nada semejante. Ni siquiera en la crónica de Valori se menciona este hecho. Un cronista que anota exactamente lo que el Papa tomó como medicina (Cfr. Thuasne, I, 571) seguramente no habría olvidado de ningún modo un expediente médico tan horrible.>> (Ob. Cit., 1942, vol. III, p. 273.)


Prefacio

Capítulos

Descarga la 11ª Edición

Revisa también

Bienvenidos

free counters

A %d blogueros les gusta esto: