57. Gobernar a los hombres


Los hombres pueden organizarse según tres modelos fundamentales, si bien divididos, mezclados y entrelazados de modos diversos: la monarquía, la aristocracia y la democracia. La Iglesia siempre ha llamado a no preferir en abstracto a ninguno de estos modelos así como a no excluir tampoco a ninguno de ellos: la elección depende de los tiempos, de la historia y de la idiosincrasia de los diversos pueblos. Así, si los últimos papas (pero empezando sólo desde Pío XII con el mensaje radiado la navidad de 1944, cuya difusión fue prohibida en Alemania y en la República de Saló) parecían preferir para el Occidente contemporáneo el sistema representativo parlamentario, se han guardado mucho por otro lado de hacer de ello una especie de dogma, como si fuese el único aceptable para un católico.  Sencillamente, lo han considerado el más oportuno en estos tiempos para dichos países. Por los mismos motivos, la Iglesia no debe arrepentirse por haber mantenido a sus capellanes en las cortes de los reyes del Antiguo Régimen.

En aquellos tiempos, lugares, con aquellas historias y temperamentos era lo que convenía. Y sobre todo, se trataba de autoridades legítimas para las que regía el severo mandamiento del Apóstol: <<Que todos estén sometidos a las autoridades constituidas; ya que no hay más autoridad que la de Dios y las que existen son establecidas por Dios. Así, quien se opone a la autoridad se opone al orden establecido por Dios. Y quienes se opongan atraerán sobre sí la condena… Es necesario estar sometidos, no sólo por temor al castigo sino también por razones de conciencia… Dad a cada uno lo que le corresponde: a quien corresponda tributo, tributo; a quien temor, temor; a quien respeto, respeto…>> (Rom. 13, 1s, 5, 7). Desde el momento en que la Iglesia no puede <<inventarse>> una Revelación según la moda y las exigencias siempre cambiantes porque es esclava de la Palabra de Dios, el comportamiento <<católico>> específico ante los diferentes sistemas de gobierno debería juzgarse a la luz de este párrafo de Pablo y de otros del mismo tenor del Nuevo Testamento.

A la luz de lo expuesto, el problema no es achacable a la Iglesia <<oficial>>, acusada por efecto de su historia de su <<asimilación al poder>>, o de <<obsequiosidad con los gobiernos, sin importar el carácter de éstos>>. El problema se invierte para convertirse en el de los <<contestatarios>>, los <<revolucionarios>> que no obstante afirmaban inspirarse en las escrituras para llevar a cabo su lucha política, cuando éstas dicen justo lo contrario. No se cuestiona, pues, la legitimidad <<cristiana>> del jesuita del siglo XVII, consejero del rey en Versalles; en todo caso, se cuestiona la del sacerdote guerrillero o el catequista revolucionario.

Volviendo al inicio, el pensamiento católico siempre ha tenido en cuenta que todos los regímenes –hasta el más perfecto sobre el papel, el más noble en teoría- luego lo encarnan hombres. Así pues, a lo largo de los siglos el esfuerzo de la Iglesia se ha decantado menos por el perfeccionamiento de las estructuras y más por el de los hombres. Más que aspirar en abstracto a un <<buen gobierno>>, ha intentado contribuir a formar <<buenos gobernantes>>. La mejor estructura sociopolítica derivada de la teoría puede llegar a convertirse en una pesadilla si la dirigen hombres indignos. La política no se redime con los <<manifiestos>>, sino redimiendo a los políticos y <<purificando el corazón>> del pueblo que los lleva al gobierno y los apoya.

El prius no es la lucha para cambiar el sistema de gobierno en abstracto, que es siempre relativo, imperfecto e insatisfactorio, dado que el bien absoluto no existe en estas materias y lo máximo a lo que puede llegar la política es a limitar los daños. El prius resulta ser el compromiso para colocar en las estructuras de gobierno a buenos gobernantes.

Bajo este punto de vista también se juzgaría el grandioso esfuerzo de las órdenes religiosas, sobre todo de aquellas que surgieron después de la Reforma protestante (jesuitas, barnabitas, escolapios, y tantas otras para asegurar una formación católica a la clase dirigente) cuando se intentaba reconstruir una sociedad desgarrada. Sólo una superficialidad de antiguo contestatario puede escandalizarse porque aquellos religiosos parecieran favorecer a los hijos de los ricos, de los poderosos, de quienes <<cuentan>>, pues los pobres de ninguna manera fueron desatendidos. Sin embargo, formar para el deber, el sentido de la solidaridad, de la justicia y de la moderación a los vástagos de las familias nobles destinados a gestionar los poderes públicos en un futuro era la forma más eficaz de ocuparse también de la suerte del campesino, del obrero y del artesano que habrían podido sufrir los efectos prácticos de ese poder. Se trata de apuntes para ayudar a comprender el pasado y a intervenir sobre el presente, con vistas al futuro, sin salirse del sendero de una tradición milenaria.


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