54. Islam


Podemos preguntarnos cuál es la función del islam en el misterioso plan divino. ¿Por qué, después de Jesucristo, Mahoma? ¿Qué misión iba a cumplir en la organización providencial este monoteísmo surgido de improviso e imprevisto?

A esta interrogante se le podría añadir otra de igual magnitud, que adquirió relevancia a raíz de la guerra del golfo Pérsico contra el Iraq de Saddam Hussein[1]. El despliegue en los desiertos de Arabia de la mayor coalición de la historia, con una potencia de alcance varias veces superior a la exhibida en toda la segunda guerra mundial, sería del todo incomprensible desde una perspectiva puramente política o militar. ¿Se ha hecho todo este gigantesco esfuerzo sólo para permitir el retorno a la patria a un emir multimillonario y a su corte de esposas, concubinas, eunucos y demás acaudalados cortesanos? ¿Las democracias occidentales en acción de guerra –y ondeando motivaciones idealistas- para reinstaurar un régimen semifeudal?

En efecto, creemos que tras la rendición de Iraq, nadie se conmovió viendo a emires y cortesanos abandonar, con sus gruesos anillos y relojes de oro macizo, el lujoso hotel de Arabia Saudí utilizado como <<sede del gobierno en el exilio>> para regresar a Kuwait City con un cortejo de Rolls Royce. Por supuesto, el petróleo explica algunas cosas. Estados Unidos e Inglaterra, los líderes de la coalición pro Kuwait, poseen en sus respectivos territorios pozos suficientes como para llegar a la autosuficiencia. Pero el pequeño país del golfo Pérsico no interesa tanto por ser proveedor de crudo como por su enorme concentración financiera: de sus miles de millones de dólares dependen increíbles intereses con sede en las bolsas de Londres y Nueva York.

Pero tampoco esta cruzada internacional proclamada por Estados Unidos con la cobertura de la ONU puede ser explicada del todo con la economía. En esta guerra ha habido <<algo>> más. Este <<algo>> que se esconde detrás del <<Nuevo Orden Mundial>> del que tantas veces habló el presidente norteamericano Bush (padre), al igual que el líder británico y el presidente francés. ¿No parecería demasiado excesivo sacar a colación un <<Nuevo Orden Mundial>> para una guerra de trasfondo regional, contra un país cuyo ejército, a pesar de estar armado por rusos y también por occidentales, prácticamente no pudo reaccionar?

Un principio de explicación puede venir de un hecho recordado explícitamente por el Gran Maestro de la masonería italiana, Di Bernardo, en una entrevista publicada en La Stampa en marzo de 1990. Al igual que casi todos sus predecesores desde los tiempos de George Washington, George Bush (padre) es desde siempre un seguidor de las logias. Es más, posee <<un grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Asmitido>>. O sea, ocupa el grado más alto de la pirámide de los <<Hermanos>>. El Dios tantas veces invocado por el presidente es sin la menor duda el Gran Arquitecto cuya simbología se basa antes en el dólar que en el Dios de Jesucristo. Pero hay que ser prudentes para evitar caer en el delirio del <<ocultismo>> esotérico o en la obsesión de quien detrás de la Historia sólo ve el <<gran complot>> de sociedades secretas.  A pesar de todo, es cierto que el término <<Nuevo Orden Mundial>> pertenece desde siempre al vocabulario masónico, es más, representa la meta final de esta orden. Un mundo <<nuevo>>, una humanidad <<nueva>>, una religión <<nueva>>, sincretista, y por consiguiente, tolerante y universal que se alzará sobre las ruinas de los credos <<dogmáticos>>, los grandes enemigos contra los cuales combate el <<humanismo>> masónico desde 1717.

El cristianismo y el islamismo son los <<grandes enemigos>>. El primero, al menos en su versión protestante, hace tiempo que se unió sin rodeos a las logias: la presencia de los grandes dignatarios anglicanos (seguidos luego por los de otras confesiones) es constante desde los inicios de la masonería. Algo similar ocurrió en la ortodoxia oriental, cerrada en parte sobre su arqueologismo y, al nivel de las altas jerarquías, en parte también convertidas al Gran Arquitecto. Es un dato cierto que el difunto y prestigioso patriarca de Constantinopla, Atenágoras, perteneció a las logias. Respecto al catolicismo, es muy evidente la actual conversión de al menos una parte de la intelligentsia clerical de Occidente a un <<humanismo>> entreverado de sincretismo, defendido en nombre de la <<tolerancia>>.

El islamismo permanece como un resistente baluarte, enrocado en la defensa del <<dogmatismo>> religioso. Como ya se dijo: <<El único grave y, por el momento, insuperable obstáculo para el Nuevo Orden, para el Gobierno Mundial masónico lo constituye el islam: aunque las altas cúpulas de esos pueblos también estén infiltradas, las masas musulmanas no están dispuestas a aceptar una ley que no sea la del Corán y un poder político basado en un “Dios” impreciso y no el Alá del que habló Mahoma. Si tiene que haber un gobierno mundial, el islam no está dispuesto a aceptar ninguno de los que no lleve el sello del Corán y sus mandamientos.>>

¿Es éste el significado providencial de la aparición y persistencia del Islam? ¿Son aquellos que quieren seguir creyendo en el monoteísmo revelado por las Santas Escrituras semíticas y no en el que subyace en la Carta de la ONU los que, al constituir un verdadero obstáculo para el programa masónico, cumplen así el papel establecido ab aeterno por la Providencia? No hay que olvidar, para seguir con el Golfo, la campaña de odio y difamación desarrollada en Occidente contra la teocracia del Irán de Jomeini: precisamente, para destruir este régimen fue por lo que Estados Unidos armó a Iraq, al que ahora combate para premiarlo por su espíritu <<laico>>, o, más aún, <<agnóstico>>. Y puede que el conocimiento de todo este entramado explique la tenaz oposición a la guerra de un Papa que, por esta muestra de pacifismo, ha tenido que sufrir la campaña de difamaciones de los líderes <<atlánticos>> y sus medios de comunicación.

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[1] En este capítulo se hace referencia a la guerra de 1991.


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