51. Cinturón de castidad


Entre los objetos expuestos en una exposición titulada <<La Inquisición>> (y subtitulada algo así como <<la peor cara del hombre>>) se hallan algunos cinturones de castidad, que, según explica el catálogo, no eran en absoluto <<instrumentos de tortura>>.

Dentro de la sistemática campaña de difamación contra la Edad Media, se atribuyó su uso sobre todo a los cruzados (<<inexplicablemente, sin la menor prueba documental>>, escriben los comisionarios de la muestra); pero la explicación está en la difamación, que no rehúye las falsedades, de esa época marcada por la fe y, en particular, de aquella bestia parda que fue el extraordinario movimiento por las cruzadas. Ateniéndonos a un cierto estilo de contar la historia, el individuo que salía para las cruzadas, tenía que ser, además, un sanguinario salteador, un católico misógino y tal vez algo cornudo; o que, para no llegar a serlo, no encontraba mejor solución que encerrar a la mujer en un cepo de hierro.

En realidad –como informa dicho catálogo- bastaría con pensar un poco para advertir que semejante sistema habría causado en poco tiempo la muerte de la mujer por septicemia o tétanos. ¿Y entonces? Entonces, está documentado que eran casi siempre las propias mujeres las que se procuraban esos arneses en caso de viaje, estancias en albergues o al paso de bandas militares. En resumen, se trataba de un método de autodefensa contra una violencia en la que los maridos (ni siquiera los cruzados) nada tenían que ver.

Esto no es más que una pequeña anécdota, pero no resulta irrelevante cuando constituye una de las tantas piezas falsas de un mosaico exagerado.


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