43. La Sábana Santa/1


El cardenal Anastasio Ballestrero, arzobispo de Turín, aseguró en la rueda de prensa del 13 de octubre de 1988 que el hecho de que la tela de la Sábana Santa se remontase a la Edad Media no le planteaba algún problema de orden teológico o pastoral. Dijo que la Iglesia tiene otras preocupaciones muy distintas y más graves que las vinculadas a las <<reliquias>>.

Aprovecha la ocasión para bromear diciendo que, pese a todo, la prueba de que el Sudario hace <<milagros>> es que los análisis no le han costado nada a la Iglesia ya que han sido realizados gratuitamente por tres laboratorios internacionales. Sí, pero sin olvidar que, por el tono despectivo de alguno de estos científicos, habrían pagado el trabajo de su propio bolsillo con tal de obtener unos resultados que corroborasen sus propias convicciones de agnósticos o protestantes horrorizados por las <<supersticiones papistas>>. Otro dato destacable es que en el extranjero, las entrevistas de estos científicos se retribuyen generosamente.

Tal vez las cosas no sean tan sencillas como plantea el cardenal Ballestrero, con respecto a que el <<veredicto>> presentado como <<científico>>, y que él aceptó con tanta docilidad, no tenga consecuencias pastorales. Es cierto que la fe no depende de este tema, que debería bastarnos con las Escrituras y el Magisterio…. Y aún así, habría que reparar en aquellas colas kilométricas a pleno sol, en las que millones de peregrinos aguantaban todas las molestias con tal de desfilar delante del Lienzo expuesto en la catedral  turinesa, la propia sede de Ballestrero. Habría que reparar además en que aquel Semblante se encuentra tanto en barracas como en edificios religiosos en todo el mundo.

Es cierto que es un <<icono>>, como repite continuamente Ballestrero; pero, como diría Claudel, también es una <<presencia>>. Una imagen, sí, pero con la esperanza de que fuera una ventana abierta al misterio, que ese Semblante fuese uno de esos signos de los que estamos necesitados en nuestra indigencia. No hay que rezar al sudario, sino gracias a él, esperando que un día podamos ver alzarse esos párpados: <<Creo en Ti, Señor, pero ¡ayuda a dominar mi incredulidad con señales como ésta!>>

Detrás de un icono oriental está el monje que lo ha pintado. Pero ¿qué hay detrás de este <<icono>>? ¿Hay detrás una estafa simoníaca practicada por cínicos fabricantes orientales de reliquias que, partiendo del cadáver de un joven, extraen primero un molde de yeso, lo funden luego en bronce, después dejan que el simulacro adquiera color, obteniendo la imagen sobre una sábana para retocarla al final con sangre humana? ¿Acaso no será –sospecha escalofriante- la prueba de un delito? Es decir, un pobre hombre martirizado a propósito según los datos proporcionados por el Evangelio para luego manipular el cuerpo, siempre con el fin de obtener una falsificación lucrativa.

Son preguntas que surgen como una pesadilla, incluso después de estas sospechosas pruebas con el radiocarbono. La honestidad y la realidad nos imponen reflexionar muy seriamente sobre lo ocurrido.


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