40. Pena de muerte/1


El problema de la pena de muerte es uno de esos casos en los que la escisión entre los ciudadanos y los medios de comunicación parece más profunda. Estos últimos, casi sin excepción, rechazan indignados la simple posibilidad de debatir una cuestión que consideran tan anacrónica e incívica que no merece la menor atención. Sin embargo, todos los sondeos muestran que si se sometiera a referéndum popular, el resultado se decantaría sin la menor duda por la reimplantación del pelotón de ejecución o del verdugo, al menos para crímenes especialmente execrables.

El informe anual de Amnistía Internacional[1] nos ofrece una prueba concreta de ello al señalar que la pena de muerte está incluida en el derecho penal de 99 Estados (el 80% de las ejecuciones tienen lugar en países que manifiestan la pretensión de servir de modelo, como Estados Unidos, la Unión Soviética o China), sin que importantes movimientos de opinión reclamen su abolición.

Desde la más remota antigüedad hasta que algún intelectual de la Europa occidental del siglo XVIII empezó a manifestar sus dudas, la pena de muerte se admitía pacíficamente en todas las culturas de las sociedades del mundo. Es falso que aquel curioso personaje llamado Cesare Beccaria pidiera su abolición. En el capítulo veintiocho de De los delitos y de las penas se dice: <<La muerte de un ciudadano sólo puede considerarse necesaria en dos casos…>> Principalmente, Beccaria rechaza la tortura y luego lo que denomina pena de muerte <<fácil>>, tal como se aplicaba en su época, pero no la excluye de modo categórico ni la declara ilícita, hasta el punto de juzgarla <<necesaria>> en algunos casos.

También es falso que mantener la pena capital sea <<de derechas>> y su abolición <<de izquierdas>>. Entre las ignoradas paradojas de nuestras reconfortantes ideas fijas se cuenta que Luis XVI abolió dicha pena pocos años antes de la revolución francesa. Ésta volvió a implantarla por iniciativa de la <<izquierda>> jacobina, haciendo tal uso de la misma que, por una vez justificadamente, el imaginario popular ha hecho de las palabras guillotina y revolución un todo inseparable. Por otro lado, para mayor turbación de los filotercermundistas occidentales, para quienes la barbarie únicamente tiene origen en el hombre blanco, tan pronto como alcanzaron la independencia, la práctica totalidad de las ex colonias africanas y asiáticas se apresuraron a reintroducir la pena de muerte, a veces con sistemas <<tradicionales>> del lugar.

Al margen de lo que ocurra en la legislación civil, el problema resulta más delicado para un creyente cuando se plantea desde una perspectiva religiosa. La Iglesia católica nunca ha negado que la autoridad legítima posea el poder de infligir la pena de muerte como castigo. La propuesta de Inocencio III, confirmada por el Cuarto Concilio de Letrán de 1215, según la cual la autoridad civil <<puede infligir sin pecado la pena de muerte, siempre que actúe motivada por la justicia y no por el odio y proceda a ella con prudencia y no indiscriminadamente>> es materia de fide. Esta declaración dogmática confirma toda la tradición católica anterior y sintetiza la posterior. De hecho, hasta ahora no ha sido modificada por ninguna otra sentencia solemne del Magisterio.

Actualmente la situación ha cambiado. Pese a que no se ha modificado nada en el plano dogmático, no sólo teólogos sino conferencistas episcopales al completo han ido más lejos hasta definir cualquier tipo de pena capital como <<contraria al espíritu cristiano>> o <<en desacuerdo con el Evangelio>>. Es una de las situaciones privilegiadas para la <<estrategia del remordimiento>> impulsada por una propaganda anticristiana que cuenta con el apoyo entusiasta de muchos católicos <<adultos e informados>>. En realidad, la cuestión es realmente grave porque si cualquier ejecución es un delito, un homicidio legalizado abusivamente (como ahora declaran numerosos teólogos y también obispados), la Iglesia ha sido cómplice de ellos durante muchos siglos. Entonces, aquellos que se dedicaban a reconfortar a los condenados, como san Cafasso, sólo eran hipócritas defensores de una violencia ilícita. Si en este punto realmente nos hemos equivocado, las consecuencias para la fe son ruinosas. Habrá que buscar las causas.

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[1] La primera edición del libro materia de síntesis se publicó por primera vez en 1992.


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