37. Arrepentimientos protestantes


Todos los años, a finales de agosto, se reúne en Torre Pellice el Sínodo de la Iglesia valdense, federada desde hace algún tiempo con la Iglesia metodista. En esta ocasión[1] se respira tensión entre los representantes de la única comunidad cristiana no católica de origen italiano. Hasta tal punto que en una intervención especialmente apreciada incluso por el moderador, un delegado ha pedido para su Iglesia <<una moratoria penitencial de cinco años>>.

Entre las razones de esta propuesta de <<penitencia>> se cuenta el dato que incluso en los más altos niveles, los valdenses habían escogido muchos años atrás la <<opción socialista>>, alineándose abiertamente no sólo con el <<comunismo a la italiana>> de los seguidores de Berlinguer, sino también, al menos en algunos sectores de las altas jerarquías, con el marxismo <<puro y duro>> de los grupos y grupúsculos extraparlamentarios. Muchos pastores habrían presentado su candidatura en las listas comunistas, y no sólo para colaborar en el plano práctico. Ésta se justificada a menudo teológicamente, con la Biblia, como si Jesucristo hubiera aparecido entre los hombres para allanar el terreno al verdadero, definitivo y <<científico>> Mesías, aquel otro judío llamado Karl Marx.

El paso de Marx por la Iglesia Católica en cambio, si bien trastornó a no pocos religiosos y laicos, fue recibido de buen grado sólo por algunos obispos y, naturalmente, no salpicó a las élites. Así, el prefecto de la Congregación para la Fe se animó a definir el marxismo como <<vergüenza de nuestro siglo>> y fue atacado desde numerosos frentes, incluso en el seno de la propia Iglesia.

En los documentos del Vaticano II no se cita nunca al marxismo y al comunismo, debido a un acuerdo secreto, hoy confirmado, entre la Santa Sede y la Iglesia ortodoxa rusa. El silencio sobre el marxismo, la ausencia de condena al comunismo, fue el precio puesto por los soviéticos a cambio de permitir participar a los observadores ortodoxos en el concilio y justificar así el calificativo de <<ecuménico>> que Juan XXIII anhelaba por encima de todo. También es cierto que el comunismo a la soviética, aunque silenciado, estuvo implícitamente incluido en la condena del ateísmo teórico pronunciada por los Padres conciliares en el documento final. De cualquier modo, es preferible, naturalmente, el silencio <<católico>> que convertir a la Biblia en criada de Das Kapital.

La que sí ha sido sufrida por los valdo-metodistas es la decisión de revisar los pactos con el Estado y solicitar una participación en el reparto de la nada despreciable tarta del ocho por mil del IRPF. Cuando tuvo lugar la revisión de los Pactos Lateranenses y se decidió este tipo de financiación para la Iglesia católica, entre los valdenses se elevó un coro de comentarios donde la indignación parecía ir acompañada del desprecio hacia el <<papismo>> que identifica a tantos sectores del mundo reformado. Una vez más, se atacó la <<lógica concordatoria>> que sólo identificaba al catolicismo romano, y por más que los valdenses también se habían puesto de acuerdo con el Estado italiano, decidieron llamar a su pacto <<Intesa>> y no <<Concordato>> porque esta última palabra les parecía antievangélica por excelencia.

Sobran motivos para estar sorprendidos: es precisamente la propia Reforma la que sustituye al Papa con el príncipe y tiende a unificar la Iglesia y el Estado. La Alemania luterana, la Suiza calvinista, la Inglaterra anglicana, ponen las finanzas de su iglesia a cargo del Estado; sin ir más lejos, el sistema alemán todavía hoy tiene en el Estado a su recaudador de la <<tasa eclesiástica>>. Por no hablar del parlamento inglés, habilitado para legislar incluso sobre asuntos eclesiásticos, tanto teológicos cuanto administrativos. Habría que agregar que <<los valdenses nunca han tenido problemas de conciencia por aceptar importantes contribuciones de las Iglesias hermanas en el extranjero, financiadas por sus propios Estados>>.

En cualquier caso, la vida siempre es más fuerte que las teorías. Y los administradores <<evangélicos>> han divulgado que sin el dinero del ocho por mil, el 80% de las obras valdo-metodistas está destinada al cierre. De ahí que en el sínodo se produjera el sufrido debate, la votación y el predominio de una mayoría favorable a solicitar al Estado incluirlos también a ellos, los <<puros>>, en la declaración de la renta como posibles beneficiarios de una cuota de los impuestos de los ciudadanos. El moderador votó en contra, pero al ser reelegido de inmediato, prometió, no sin cierta alusión a su <<tormento>>, que respetaría la decisión del Sínodo y pediría al Estado que incluyera a su Iglesia en la <<lógica concordatoria>> tanto tiempo despreciada y anatemizada por los católicos.

Es una lección de humildad cristiana, amarga pero benéfica; una llamada a no juzgar o despreciar a nadie, ni siquiera a aquellos católicos de quienes hasta hace poco fuentes valdenses decían que <<vendían la pureza del Evangelio por un plato de lentejas>>. A la luz de la fe no hay sólo <<puros>> o sólo <<corruptos>>: la condición humana y sus contradicciones nos unen a todos. Sólo Cristo está libre de pecado.

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[1] La primera edición del libro que es materia de síntesis fue publicada en el año 1992.


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