36. Víctimas que no hay que olvidar


Ya se sabe que en este mundo no todos los muertos son iguales: los hay <<excelentes>> y otros omisibles. Así, el fascismo exaltó a sus mártires y lanzó a la oscuridad de la memoria a los caídos por el otro bando. Una vez invertida la situación política, también se invirtió el objeto de aquel culto necrófilo a los caídos por el propio bando, culto que es parte importante del poder. Es interesante señalar, que este género de cultos políticos no sabe de ecumenismos: es una liturgia que expulsa implacablemente a las demás y relega a las catacumbas políticas la memoria de los muertos de otros credos políticos.

Pero tampoco son iguales en este mundo esos muertos especiales que la Iglesia propone como santos. A algunos se les considera aceptables; a otros, en cambio, se los condena al ostracismo. Como muestran las crónicas periodísticas –descarnadas, cuando no aliñadas con alguna pregunta sobre la oportunidad de tales gestos-, entre los que no resultan <<simpáticos>> se encuentran los 85 sacerdotes, religiosos y laicos martirizados en Gran Bretaña por los anglicanos y proclamados beatos.

Al contrario de lo que sugieren algunas lecturas superficiales, el Papa Juan Pablo II ha realizado un gesto verdaderamente ecuménico. El encuentro entre cristianos presupone la revelación plena de la verdad y no su ocultamiento. No se puede hacer ningún diálogo provechoso del olvido, la hipocresía o el temor de quien no osa mirar la realidad a la cara.

Merece un elogio la Iglesia anglicana por haberlo comprendido enviando en dicha oportunidad, en representación una delegación oficial a San Pedro de Roma. Por encima del justificado sentimiento de vergüenza, y gracias al tacto del entonces Papa, prevaleció el valor evangélico: Veritas liberabit vos. Pero entonces, ¿cómo es posible que a la valentía de las comunidades anglicanas se oponga la reticencia de algunos medios de comunicación laicos, por no hablar de algún influyente <<círculo>> católico? En algunos ambientes clericales parece tener lugar una concepción del ecumenismo según la cual, sólo deberían exponerse las culpas de los católicos. Los únicos <<malos>>.

Si nos atenemos a Raphael Holisend, historiador protestante fuera de toda sospecha, Enrique VIII, el rey de las seis esposas (ordenó decapitar a un par de ellas), que se autoproclamó cabeza de la nueva iglesia anglicana, hizo matar a 72,000 católicos. Su hija Isabel I, en muy pocos años, y también en nombre de un cristianismo <<reformado>> y, por lo tanto, <<purificado>>, causó más víctimas (y con métodos más atroces, si es lícito llevar una clasificación del horror) que la Inquisición española y romana juntas a lo largo de tres siglos. ¿Quién recordaba, antes de la beatificación de los 85 mártires, que Roma, <<la intolerante>> por definición, jamás concibió una ley tan inaudita como la que decretó en 1585 el <<democrático>> Parlamento inglés, que llevó a la muerte a los nuevos beatos, por la que se imponía suplicio a los ciudadanos de la Gran Bretaña que regresaran a la patria después de consagrarse sacerdotes (en la isla estaba prohibido el ordenamiento católico), así como también a quien hubiera tenido contacto con éstos?

Es comprensible que todo esto resulte difícil de asimilar por la mentalidad general, contaminada con el mismo rosario de nombres dirigido en sentido único: <<Torquemada, Alejandro VI, Galileo, Giordano Bruno, Pizarro, Cortés…>> Como recordaba aquel pastor valdense Vittorio Subilia, presidente de la Facultad de Teología de su Iglesia y director de la respetada revista Protestantismo: <<Nunca será posible la unión sin que todos los cristianos se conviertan a Cristo.>> No hay inocentes en el pecado que nos une a todos.


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