34. Cristianos y nazis/2


Ya desde 1930, los protestantes se organizaron en la <<Iglesia del Reich>> de los Deutschen Christen, los <<Cristianos Alemanes>>, cuyo lema era: <<Una nación, una Raza, un Fürer.>> Su proclama: Alemania es nuestra misión, Cristo nuestra fuerza.>> El estatuto de esta Iglesia se modeló según el del partido nazi, incluido el <<párrafo ario>> que impedía la ordenación de pastores que no fueran de <<raza pura>> y dictaba restricciones para el bautismo a aquellos que no poseyeran buenos antecedentes de sangre.

Citando la crónica enviada por el corresponsal en Alemania del periódico norteamericano Time, publicado el 17 de abril de 1933, meses después del ascenso a la cancillería de Hitler: <<El gran Congreso de los Cristianos Germánicos ha tenido lugar (…) para presentar las líneas de las Iglesias evangélicas en Alemania en el nuevo clima auspiciado por el nacionalsocialismo. El pastor Hossenfelder ha comenzado anunciando: “Lutero ha dicho que un campesino puede ser más piadoso mientras ara la tierra que una monja cuando reza. Nosotros decimos que un nazi de los Grupos de Asalto está más cerca de la voluntad de Dios mientras combate, que una Iglesia que no se une al júbilo por el Tercer Reich.”>> (La jerarquía católica no se había <<unido al júbilo>>) El Time proseguía: <<El pastor doctor Wienke-Soldin ha añadido: “La cruz en forma de esvástica y la cruz cristiana son una misma cosa. Si Jesús tuviera que aparecer hoy entre nosotros sería el líder de nuestra lucha contra el marxismo y contra el cosmopolitismo antinacional.” (…) >> No fue la expresión de un grupo minoritario: en las elecciones eclesiásticas de 1933 los <<cristonazis>> obtenían el 75%.

Quien en su momento fue el cardenal Joseph Ratzinger explicaba que: <<(…) La concepción luterana de un cristianismo nacional, germánico y antilatino, ofreció a Hitler un buen punto de partida, paralelo a la tradición de una Iglesia de Estado y del fuerte énfasis puesto en la obediencia debida a la autoridad política, que es natural entre los seguidores de Lutero. (…) Un movimiento tan aberrante como los Deutschen Christen no habría podido formarse en el marco de la concepción católica de la Iglesia. En el seno de esta última, los fieles hallaron más facilidades para resistir a las doctrinas nazis. Ya entonces se vio lo que la Historia ha confirmado siempre: la Iglesia católica puede avenirse a pactar estratégicamente con los sistemas estatales, aunque sean represivos, como un mal menor, pero al final se revela como una defensa para todos contra la degeneración del totalitarismo. (…)>>

En efecto, el típico dualismo luterano que divide el mundo en dos Reinos (el <<profano>> confiado sólo al Príncipe, y el <<religioso>> que es competencia de la Iglesia, pero de la cual el propio Príncipe es Moderador y Protector, cuando no su Jefe en la tierra), justificó la lealtad al tirano. Proseguía el entonces cardenal: <<precisamente porque la Iglesia luterana oficial y su tradicional obediencia a la autoridad, cualquiera que fuera ésta, tendían a halagar al gobierno y al compromiso en servirlo también en guerra, un protestante necesitaba un grado de valor mayor y más íntimo que un católico para resistir a Hitler>>. En resumidas cuentas, la resistencia fue siempre una excepción, un hecho individual, de minorías, que <<explica por qué los evangélicos han podido jactarse de personalidades de gran relieve en oposición al nazismo>>. Era necesario un gran carácter para resistir porque se trataba de ir contra la mayoría de fieles y las enseñanzas mismas de la propia Iglesia.

Naturalmente, dado que la historia de la Iglesia católica es también la historia de las incoherencias, de sus concesiones, de los yerros del <<personal eclesiástico>>, no todo fue brillo dorado ni entre la jerarquía ni entre los religiosos y fieles laicos. Se ha discutido mucho, por ejemplo, acerca de la  oportunidad de la firma en julio de 1933 de un Concordato entre el Vaticano y el nuevo Reich.

En primer lugar, hay que considerar –y esto, naturalmente, vale para todos los cristianos católicos o protestantes- que hacía pocos meses desde el advenimiento a la Cancillería de Adolf Hitler, que todavía no había asumido todos los poderes y por lo tanto no había revelado al completo el rostro del régimen. Recuérdese que hasta 1939, el primer ministro británico Chamberlain defendía la necesidad de una conciliación con Hitler y que el mismo Winston Churchill escribió: <<Si un día mi patria tuviera que sufrir las penalidades de Alemania, rogaría a Dios que le diera un hombre con la activa energía de Hitler.>> Joseph Lortz, historiador católico de la Iglesia, dice: <<No hay que olvidar nunca que durante mucho tiempo, y de una forma refinadamente mentirosa, el nacionalsocialismo ocultó sus fines bajo fórmulas que podían parecer plausibles.>> Ahora nosotros juzgamos aquellos años sobre la base de la terrible documentación descubierta: pero sólo después.

En cualquier caso, en lo referente al Concordato de 1933 cabe señalar que no debía ser un texto tan impresentable si, aunque con alguna modificación, todavía sigue vigente en la República Federal Alemana[1], limitándose casi a repetir los acuerdos firmados tiempo atrás con los Estados de la Alemania democrática prenazi. Recuérdese también que en 1936, apenas tres años después del pacto, la Santa Sede ya había presentado al gobierno del Reich unas 34 notas de protesta por violación del citado Concordato. Y como punto final a aquellas continuas violaciones, al año siguiente, en 1937, Pío XI escribió la célebre encíclica Mit brennender Sorge.

Bien es verdad que, una vez declarada la guerra, el Concordato de 1933 fue para Berlín poco menos que papel mojado. Sin embargo, recordó a los creyentes perseguidos que en Europa no sólo existía el omnipotente Tercer Reich. También existía la Iglesia romana, desarmada pero temible hasta para el tirano que, por más que desafiara al mundo entero, no osó pedir a los paracaidistas que tenía situados en una Roma de la que había huido el gobierno italiano, que rebasaran las fronteras de la colina vaticana.

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[1] La primera edición del libro materia de síntesis fue publicada en 1992.


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