32. En los tiempos de la esvástica


Rainer Zitelmann –nombre que parece sugerir un origen judío- es un autor que pese a su juventud, goza de una sólida reputación académica. Nació en 1957, es decir, doce años después de la muerte del personaje al que ha dedicado sus investigaciones desde que se licenció en Historia. Su ensayo, Hitler, es uno de los primeros frutos del trabajo de una generación libre de recuerdos y de los subsiguientes condicionamientos personales. Altamente recomendable para el lector que busque objetividad.

En este libro pueden encontrarse párrafos sorprendentes, como este: <<El objetivo de las disposiciones económicas antisemitas era obligar a los judíos a abandonar Alemania. Para este propósito se aunaron los esfuerzos tanto de los nacionalsocialistas como de los sionistas. Ya en 1933 se había iniciado una colaboración entre los organismos oficiales alemanes (Gestapo incluida) y los hebreos, con el fin de favorecer la emigración fuera de Alemania de la población judía. En efecto, en los cinco años comprendidos entre 1933 y 1937, abandonaron Alemania unos 130,000 judíos, de los cuales 38,400 hallaron refugio en la nueva patria palestina.>>

Aquí tenemos una prueba de la manipulación de la verdad, practicada durante casi medio siglo. Al ofrecernos esta noticia de una colaboración entre nazis y sionistas (los unos tratando de librarse de los judíos, los otros interesados en su expulsión para dar forma al sueño del nuevo Israel en un territorio que llevaba siglos siendo árabe), Zitelmann no nos revela el resultado de descubrimientos en archivos secretos: la colaboración entre la esvástica y la estrella de David se realizó a la luz del día y hasta los periódicos de la época hablaron de ella. Nosotros, que no pudimos leer esos periódicos, no hemos sabido nada porque los historiadores siempre han ocultado ese embarazoso tema.

Prosigue el joven historiador: <<El que el número de emigrados judíos no haya sido superior se debió, por una parte, a la aplicación cada vez más restrictiva que realizaban numerosas naciones de las disposiciones referidas a las migraciones judías; y, por otra parte, a la actitud de numerosos judíos alemanes, que siguieron haciéndose ilusiones sobre el régimen nazi hasta los últimos meses de 1937. Un ejemplo de ello es “la llamada a los judíos de Alemania” lanzada a finales de diciembre de 1937 por la Delegación Nacional de los Judíos Alemanes, en la que se invitaba a la población judía a “no dejarse llevar por injustificados sentimientos de pánico”.>>

El antisemitismo nazi no se topó con una oleada de solidaridad nacional, por el contrario, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia –países con mayores comunidades hebreas- cerraron las puertas en las narices a los israelitas que salían de Alemania. ¿Fue éste otro de los efectos de la política del poderoso movimiento sionista, que pretendía oponer a toda costa el mayor número de judíos a los árabes de Palestina, obligando a cerrar cualquier otra vía a los exiliados? Para responder a esta pregunta conviene no olvidar los tratados de posguerra (secretos) entre Israel y la Unión Soviética, para sacar a los judíos de las fronteras soviéticas y desviarlos directamente y sin escalas a Tel-Aviv.

La noticia de la perseverante ilusión de los judíos alemanes acerca de las intenciones del nazismo puede ser útil en el momento de valorar la airada polémica contra la Iglesia católica por el acuerdo alcanzado con Hitler –Concordato- en julio de 1933, ¡Cuatro años y medio antes de que los propios judíos alemanes juzgaran <<injustificado>> el alarmismo excesivo! Pero el 21 de marzo de aquel 1937, en las 11,500 parroquias católicas del Reich se leyó la Mit brennender Sorge en la que Pío XI, <<con ardiente preocupación>>, denunciaba <<el calvario>> de la Iglesia y desenmascaraba el carácter anticristiano del régimen, incluyendo las teorías raciales. Goebbels anotó en su diario: <<Ahora, los curas tendrán que aprender a conocer nuestra dureza, nuestro rigor y nuestra inflexibilidad.>>


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