29. Galileo Galilei/3


En varias ocasiones la iglesia ha sido juzgada por su retraso, por no estar al día. Pero el curso posterior de la historia ha demostrado que si parecía anacrónica es porque había tenido razón demasiado pronto.

Ocurrió por ejemplo, con la desconfianza hacia el mito entusiasta de la <<modernidad>> y del consecuente <<progreso>>, durante todo el siglo XIX y gran parte del XX. Ahora, un historiador de la talla de Émile Poulat puede decir: <<Pío IX y los demás papas “reaccionarios” se quedaban atrás respecto a su época, pero se han convertido en profetas de la nuestra. Puede ser que no tuvieran razón en cuanto a su hoy y su mañana: pero habían visto bien para su pasado mañana, que es esta época nuestra posmoderna, que descubre la otra cara, la oscura, de la modernidad y el progreso.>> Ocurrió, por dar otro ejemplo, con Pío XI y Pío XII, cuyas condenas del comunismo ateo eran juzgadas con desprecio, hasta ayer, como <<conservadoras>>, como <<superadas>>, mientras que ahora los mismos comunistas comparten sus críticas.

Esta paradoja se ha generado también en el <<caso Galileo>>. Quizás donde la iglesia se mostró atrasada es porque estaba tan adelantada a su tiempo que sólo ahora empezamos a intuirlo. Más allá de los errores en los que pueden haber caído los diez jueces –prestigiosos teólogos y hombres de ciencia- en el convento dominico de Santa María sopra Minerva, establecieron de una vez por todas que la ciencia no era y no podía ser nunca una nueva religión. Según un historiador de nuestros días, <<La condena temporal (donec corrigatur, hasta que sea corregida, decía la fórmula) de la doctrina heliocéntrica, que era presentada por sus defensores como verdad absoluta, salvaguardaba el principio fundamental según el cual las teorías científicas expresan verdades hipotéticas, ciertas ex suppositione, por hipótesis, y no en modo absoluto.>>

Karl Popper, laico agnóstico, recordó que los inquisidores y Galileo, a pesar de las apariencias, estaban en un mismo plano: Ambos aceptaban por fe unos supuestos fundamentales como base para construir sus sistemas. El propio Popper pregunta ¿Quién ha dicho –si no otra especie de fideísmo- que razón y experiencia, mente y sentidos, nos comunican la <<verdad>>? Sólo ahora, después de tanta veneración y respeto, empezamos a ser conscientes de que las llamadas <<verdades científicas>> no son en absoluto verdades indiscutibles a priori, sino siempre y solamente hipótesis transitorias.

Mientras Copérnico y todos los copernicanos (numerosos incluso entre los cardenales y tal vez entre los mismos papas) se quedaron en el plano de las hipótesis, nadie dijo nada; el Santo Oficio no se entrometió para poner fin a una discusión libre acerca de datos experimentales que iban apareciendo. Se reaccionó duramente sólo cuando se quiso pasar de la hipótesis al dogma, cuando empezaron a surgir sospechas de que el nuevo método experimental se va convirtiendo en religión, en aquel <<cientificismo>> en el que, en efecto, degenerará.

Galileo no fue condenado por lo que decía, sino por cómo lo decía. O sea, con intolerancia fideísta, propia de un misionero del nuevo Verbo que superaba a sus antagonistas considerados <<intolerantes>> por definición. Como carecía de pruebas objetivas (decía que las mareas eran la prueba de que la tierra giraba alrededor del sol), fue sólo apoyándose en un nuevo dogmatismo, en una nueva religión de la Ciencia, como pudo lanzar contra esos colegas expresiones como las que se encuentran en sus cartas privadas: quien no aceptaba de inmediato y por entero el sistema copernicano era (textualmente) <<un imbécil con la cabeza llena de pájaros>>, alguien <<apenas digno de ser llamado hombre>>, <<una mancha en el honor del género humano>>.

El entonces cardenal Ratzinger y prefecto del Santo Oficio, <<heredero>> de los inquisidores, explicó que una periodista alemana –firma famosa de un periódico laicísimo, expresión de una cultura <<progresista>>- le pidió una entrevista sobre el nuevo examen del caso Galileo. Naturalmente, el cardenal esperaba escuchar las jeremiadas de siempre sobre el oscurantismo y el dogmatismo católicos. Pero fue al revés: aquella periodista quería saber por qué la Iglesia no había frenado a Galileo, no le había impedido proseguir con un trabajo que está en los orígenes del terrorismo científico, del autoritarismo de los nuevos inquisidores: los tecnólogos, los expertos… Ratzinger explicaba que no se había sorprendido demasiado: simplemente, aquella redactora era una persona informada, que había pasado del culto <<moderno>> de la Ciencia a la conciencia <<posmoderna>> de que científico no puede ser sinónimo de sacerdote de una nueva fe totalitaria.

Sobre la utilización propagandística que se ha hecho de Galileo, que lo ha convertido en titán del libre pensamiento, la filósofa católica Sofía Vanni Rovighi ha escrito: <<No es históricamente correcto ver a Galileo como un mártir de la verdad, (…). En realidad, existen dos bandos: Galileo y sus adversarios, ambos seguros de la verdad de sus opiniones y con buena fe; pero el uno y el otro utilizan también medios extrateóricos para hacer triunfar la tesis que cada cual considera cierta. Sin olvidar que en 1616 la autoridad eclesiástica fue especialmente benévola con Galileo y ni siquiera lo nombró en el decreto de condena; (…) no sólo no estuvo en la cárcel ni siquiera una hora, no sólo no sufrió malos tratos, sino que fue alojado y tratado con toda clase de atenciones. (…) No es justo, además, no medir todo por el mismo rasero: hablar, por lo tanto, de delito contra el espíritu refiriéndose a la condena de Galileo, y ni chistar cuando se habla de la entrada forzada en convento que Galileo impuso a sus dos jóvenes hijas, intentándolo todo para eludir las leyes eclesiásticas, que protegían la dignidad y la libertad personal de las jóvenes encaminadas a una vida religiosa, estableciendo un límite mínimo de edad para los votos. (…)>>


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