28. Galileo Galilei/2


Galileo Galilei convivió abiertamente more uxorio con la veneciana Marina Gamba, con quien tuvo dos hijas y un varón. Al dejar Padua para volver a Toscana, abandonó a su fiel compañera, quitándole los hijos. <<Provisionalmente alojó a sus hijas en la casa del cuñado, pero tenía que encontrar una solución definitiva, y eso no era fácil, porque, dada la ilegitimidad, no se podía pensar en un futuro matrimonio. Galileo pensó entonces en meterlas a monjas. Galileo se encomendó a altos prelados para que las dejaran entrar a pesar de su corta edad: así, en 1613, las dos jóvenes –trece y doce años- entraban en el monasterio de San Mateo de Arcetri y poco después tomaban los hábitos. Virginia –sor María Celeste- vivió con profunda piedad y activa caridad; Livia –sor Arcángela- en cambio, sucumbió bajo el peso de la violencia sufrida y vivió neurasténica y enfermiza>> (Sofia Vanna Rovighi)

En el plano personal, por lo tanto, Galileo habría sido vulnerable. Decimos <<habría sido>> porque aquella Iglesia que lo llamó a presentarse delante del Santo Oficio, aquella Iglesia acusada de moralismo despiadado, bien procuró no caer en el error fácil y mezquino de mezclar su vida privada con sus ideas. <<Ningún eclesiástico le reprocharía nunca su situación familiar.>> (Rino Cammilleri)

Ha escrito Georges Bené, uno de los estudiosos que más conocen esta historia: <<Desde hace dos siglos Galileo y su caso interesan, más que como fin, como medio polémico contra la Iglesia católica y su “oscurantismo”, que obstaculizaría la investigación científica.>> Esta presunta obstaculización no responde a la verdad. La prohibición temporal de enseñar públicamente la teoría heliocéntrica copernicana, es un hecho aislado: ni antes ni después la Iglesia se entrometería nunca para obstaculizar la investigación científica, casi siempre llevada a cabo por miembros de órdenes religiosas.

Galileo fue convocado por no respetar los pactos: la aprobación eclesiástica del libro <<incriminado>>, Diálogos sobre los dos mayores sistemas del mundo, se le había concedido a condición de que presentara la teoría copernicana como hipótesis (como lo exigían los inciertos conocimientos científicos de la época), mientras que él la daba por demostrada. Prometió adecuarse y no lo hizo, llegando a poner incluso en boca del bobo de los Diálogos –de nombre Simplicio-, los consejos de moderación que le había dado el Papa, que era su amigo y lo admiraba: Galileo había llegado a los setenta años recibiendo siempre honores y ayudas de todos los ambientes religiosos. Después de la condena pudo volver a sus investigaciones rodeado de jóvenes discípulos que formarían una escuela, y pudo condensar lo mejor de su vida de estudio en aquellos Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, ápice de su pensamiento.

Por otra parte, en esta época el Observatorio Vaticano –hoy todavía activo, fundado y siempre dirigido por jesuitas- consolida su fama de ser uno de los institutos científicos más prestigiosos y rigurosos del mundo. Hasta el punto que cuando los italianos llegan a Roma, en 1870, se apresuran a hacer una excepción en su programa de expulsión de los religiosos, ante todo de la Compañía de Jesús. El gobierno de la Italia anticlerical y masónica pide al Parlamento que vote una ley especial para mantener al padre Angelo Sacchi –uno de los fundadores de la astrofísica y de los más importantes estudiosos del siglo- como director de por vida del Observatorio, que ya fue papal.

Si a partir del siglo XVII la ciencia parece emigrar primero al norte de Europa y luego al otro lado del Atlántico –fuera de la órbita de las regiones católicas- se debe a la desviación  del curso seguido por la propia ciencia. Ante todo, los instrumentos muy costosos requieren fondos y laboratorios que sólo pueden permitirse países económicamente avanzados, no precisamente la Italia ocupada por los extranjeros, ni la España en decadencia. Que sea ésta –y no la pretendida <<persecución católica>>- la causa de la relativa inferioridad científica de los pueblos que han mantenido sus vínculos con Roma, también lo demuestra la intolerancia protestante, que casi nunca se menciona y  que es, en cambio, fuerte y precoz.

Copérnico, punto de partida de todo (y en cuyo nombre Galileo sería <<perseguido>>) es un catolicísimo polaco, canónigo, que instala su rudimentario observatorio en un torreón de la catedral de Frauenburg. Su obra fundamental, publicada en 1543 –Las revoluciones de los mundos celestes- está dedicada al Papa Pablo III, también astrónomo aficionado. El imprimatur lo concede un cardenal, de aquellos dominicanos en cuyo monasterio Galileo escuchará su condena.

La primera alarma no llega de parte católica (es más, hasta el drama de Galileo –nombrado miembro de la Academia pontificia- se sucederán once papas que a menudo alientan la teoría <<heliocéntrica>> copernicana), sino de los protestantes, uno de los cuales elaboró el prefacio de aquella obra copernicana preocupado por las posibles consecuencias en la Escritura. El propio Lutero señaló al oír de Copérnico: <<La gente le presta oídos a un astrólogo improvisado, que trata de demostrar en cualquier modo que no gira el Cielo, sino la Tierra. Para ostentar inteligencia basta con inventar algo y darlo por cierto. Este Copérnico, en su locura, quiere desmontar todos los principios de la astronomía.>>

A propósito de universidad (y de <<oscurantismo>>): habrá pues un motivo si, a principios del siglo XVII; cuando Galileo tenía unos cuarenta años y se hallaba en plena actividad investigadora, había en Europa 108 universidades –esa típica creación de la Edad Media católica-, algunas más en las Américas españolas y portuguesas y ninguna en territorios no cristianos. Y también habrá una razón si las obras matemáticas y geométricas de la antigüedad (principalmente la obra de Euclides), que han constituido la base fundamental para el desarrollo de la ciencia moderna, nos han llegado sólo gracias a las copias de monjes benedictinos y, una vez inventada la tipografía, gracias a los libros impresos siempre por religiosos. Alguien ha señalado incluso que, precisamente a principios de este siglo XVII, un Gran Inquisidor de España creó en Salamanca la Facultad de Ciencias Naturales, donde se enseñaba, apoyándola, la teoría copernicana…

Historia compleja, como se puede ver. Mucho más compleja de la que generalmente nos cuentan.


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