26. Vandalismo


Vandalismo: <<Tendencia a devastar y destruir cualquier cosa con obtusa maldad, especialmente si es bonita o útil.>> Así lo define el Diccionario Zingarelli, que no recuerda el origen del sustantivo, limitándose a mencionar la tribu bárbara que saqueó Roma en el año 455.

<<Vándalos>> era el antiguo nombre de esos terribles germanos. Pero sólo en 1794 nació la palabra <<vandalismo>>, por obra de Henri-Baptiste Grégoire, el cura que, desde el principio hasta el final, estuvo con la Revolución francesa; que fue uno de los promotores de aquella Constitución Civil del clero que provocó muerte, deportación o destierro a miles de sus hermanos que se negaron a jurarla; que quiso ser elegido obispo <<democrático y constitucional>> de Blois; que fue uno de los más intransigentes en pedir la guillotina para Luis XVI; que murió muchos años después, en 1831, declarándose aún y siempre católico, pero negándose a reconciliarse con Roma.

La historia enseña que siempre hay <<capellanes>> al lado de cualquier personaje y cualquier movimiento que llega al poder o que consigue atención y prestigio. Vimos a curas proponiendo un cierto <<modernismo>> religioso, también en complaciente respuesta al liberalismo político, y por lo tanto como manera de alistarse en las filas de la burguesía triunfante antes de la Gran Guerra. Vinieron después los curas fascistas, que desfilaban en formación frente a Mussolini. Hasta el fascismo agonizante de la república de Salò tuvo sus <<asistentes espirituales>>, virulentos y antisemitas, a veces. Luego fue el turno de los curas comunistas.

Soplan ahora otros vientos, y aquí aparecen los nuevos capellanes para los nuevos astros: los socialistas de la máxima eficiencia productiva en lo público y el hedonismo en lo privado, o los demócrata-liberales, que han vuelto con gran potencia y gloria.

Siempre ha sido así y así será siempre: lo importante es ser conscientes de ello y no dejarse impresionar por tanto revolotear de sotanas –metafóricas, ya se sabe, pues se han abandonado los hábitos eclesiales- alrededor de hombres e ideologías besados por la fortuna.

Sin embargo, la decisión de estar en el bando que parece <<justo>> en un momento dado –más allá del deseo de ser aceptados, de ganarse aplausos, de librarse de peligros, etc.- a veces se basa en la buena fe de quien trata de evitar mayores problemas a la iglesia. Se basa en la conciencia, aunque deformada, de que el cristianismo no es una doctrina fuera del tiempo, flotante en el aire por encima de la historia, sino el anuncio de un Dios que ha tomado tan en serio esta historia como para comprometerse con ella hasta el final. De esta necesidad de <<comprometerse>>, también derivan, inevitablemente, lo que a menudo son errores, debilidades inaceptables, amistades dañinas o inoportunas. Y quién sabe si esto no forma parte de un plan de un Dios providente, que para llegar a realizar sus fines necesita también de errores y divisiones entre los que creen servirlo.

Pero volvamos a nuestro abbé Grégoire, el capellán de la Revolución, y a su invención lingüística, <<le vandalisme>>. El obispo <<constitucional>> de Blois osó sellar con este término –en el aula de la Convención diezmada por la guillotina- la furia infernal que se había desatado sobre el patrimonio artístico francés.

Los tesoros más nobles del arte cristiano –obras de arte que tuvieron  la grave culpa de haber sido promocionadas para finalidades religiosas- fueron afectados o destruidos para siempre. Así escribe en La Chiesa e la Rivoluzione francese (Edizioni Paoline) el historiador Luigi Mezzadri, quien además de la pérdida de tesoros de muchas bibliotecas eclesiásticas, recuerda la completa destrucción de los monasterios de Cluny y Longchamp, la abadía de Lys, los conventos de Saint-Germain-des-Prés, Montmartre, Marmoutiers, la catedral de Mâcon, la de Boulogne-sur-Mer, la Sainte Chapelle de Arras, el castillo de los Templarios en Montmorency, los claustros de Conques y otras infinitas obras de gran antigüedad y belleza. En Aviñón no se limitaron a devastar el palacio de los Papas sino que, cegados por el odio, alimentaron durante días una gran hoguera con muebles preciosos y maravillosas obras de la pinacoteca.

De aquí la vehemente protesta del obispo Grégoire, que sin embargo, era padre e hijo de aquella revolución iconoclasta. Resulta difícil justificar esta destrucción atribuyéndola a la excitación de los ánimos rebeldes. Lo peor, en efecto, aún tenía que llegar, y llegaría con Bonaparte, quien completó el desastre suprimiendo órdenes y congregaciones religiosas, y expulsando curas y monjas de sus conventos, monasterios e iglesias


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