24. Venganzas


Quizás ningún déspota perjudicó tanto a la comunidad eclesial como Bonaparte. Pío VI, despojado de todos sus bienes, murió prisionero en Francia en 1799, y parecía imposible encontrarle un sucesor. Pío VII, elegido tempestuosamente por un grupo de cardenales que pudieron reunirse en Venecia, pasó la mayor parte de su pontificado de una prisión a otra: amenazado, aislado, engañado, testigo impotente de la destrucción de su Iglesia.

La hora de la venganza llegó a finales de mayo de 1814, cuando el Papa desterrado volvió a Roma en lo que fue un triunfo del pueblo. Encontró a novecientos presos, entre franceses y colaboracionistas autóctonos, encerrados en Castel Sant’Angelo. A pesar de las protestas de los romanos –que habían sufrido las vejaciones, la arrogancia y el despojo-, en seguida liberó a seiscientos de ellos, y en menos de dos meses, a los demás mediante una amnistía. También le llegaron protestas, más potentes y amenazadoras, del restaurado trono del rey de Francia, cuando acogió, visitándola a menudo, a la madre de Napoleón, la gran duquesa de Toscana. Alrededor de Madame Mère acabó reuniéndose en Roma, única ciudad que la había aceptado, la numerosa parentela del emperador caído.

El prefecto napoleónico, que había sido su carcelero en Savona, recibió una carta paterna de Pío VII para que se liberara de los remordimientos que lo afligían. Ese Papa realmente <<extraño>> llegó a enviar un mensaje al príncipe regente de Gran Bretaña para que liberara al preso de Santa Elena, o al menos mitigara su encierro. Escribía: <<Ya no puede ser un peligro para nadie, queremos que no se convierta en un remordimiento para alguien.>> Y cuando le recordaban su furia contra la Iglesia y su persona, el viejo benedictino exhortaba: <<Hay que esforzarse para entender y perdonar.>> Finalmente, cuando le comunicaron que el preso, enfermo, quería un confesor, él mismo escogió un cura corso que pudiera entender mejor a su coetáneo en Santa Elena. Lloró con su madre y hermanos al llegar a Roma la noticia de su muerte. Todo esto ocurría cuando todavía quedaban abiertas las heridas de la persecución, y la Iglesia pagaba el precio de desastres cuyas consecuencias duraron al menos un siglo; según algunos historiadores, hasta nuestros días.

Siguiendo a uno de esos teólogos que tanto influyeron en el Concilio Vaticano II, el santo y seña del católico de hoy en día tendría que ser enjamber seize siécles, saltar dieciséis siglos, borrar hasta su recuerdo, para volver a la Iglesia preconstantina; la única, en su opinión, realmente evangélica y presentable en sociedad. Además de imposible, tal propósito muestra desconocimiento de la historia, demasiado mitificada, de la comunidad primitiva –una mirada a las epístolas de Pablo, a los cronistas eclesiales primitivos y a los padres nos recuerda que el bien va acompañado por el mal- y de la historia que siguió. Cortar las raíces siempre es la mejor manera de hacer morir un árbol. Procuremos, por lo menos, ser conscientes de ello.


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