21. Derechos del hombre/4


La <<Declaración de los derechos del hombre>> de 1789 proclama en el artículo 3: <<El principio de toda soberanía reside esencialmente la nación. Ningún cuerpo, ningún individuo puede ejercer una autoridad que no derive expresamente de ella.>> Y en el artículo 6: <<La ley es la expresión de la voluntad general.>> La <<Declaración Universal de derechos humanos>> de las Naciones Unidas, en 1948, confirma y hace explícito en el artículo 21: <<La voluntad del pueblo es el fundamento de la autoridad de los poderes públicos.>>

En las <<Declaraciones>> se considera ilegítima y arbitraria cualquier autoridad que no derive expresamente del pueblo a través del voto; se rechaza cualquier autoridad que no sea legitimada por elecciones libres, periódicas, universales… hay que oponerse, por lo tanto, a lo que no es <<democrático>> en ese sentido. Vayamos a la causa principal por la cual el pensamiento cristiano (y especialmente el católico) se ha resistido durante tanto tiempo a aceptar en su conjunto y sin reservas estas <<Declaraciones>>.

En todas las sociedades humanas, existen autoridades <<naturales>> que no derivan del artificio de elecciones: la familia, por ejemplo, donde los padres no son elegidos por los hijos, a pesar de lo cual, tienen legítima autoridad sobre ellos; la escuela, donde el maestro ejerce una autoridad que no deriva del sufragio de los alumnos; o la patria, que no es fruto de una libre elección, sino de un <<destino>> (nacer aquí y no allá); y sin embargo, incluso las constituciones más avanzadas le otorgan tal autoridad, que nos puede pedir hasta el sacrificio de la vida en su defensa.

Pero entre esas realidades <<no democráticas>> está sobre todo la Iglesia, con su pretensión fundamental: una autoridad, la suya, que no viene de abajo, del <<cuerpo electoral>>, sino de arriba, de Dios, de la Revelación en carne y palabras que es Cristo. Sólo un año después de proclamar los <<derechos del hombre>>, la Revolución, con la <<Constitución civil del clero>> de 1790, reorganizaba la Iglesia según los principios <<democráticos>>: supresión de las órdenes religiosas y elección de párrocos y obispos hecha por todo el cuerpo electoral, incluyendo no católicos y ateos. Luego, cuando las tropas francesas ocuparon Roma, en seguida abolieron el papado, que era <<un poder arbitrario, por no derivar del sufragio universal>>.

Ninguna religión es <<democrática>> (no hay votación sobre si Dios existe, o sobre las obligaciones y deberes que, según la fe, Él impone a los hombres). Menos <<democrático>> aún es el cristianismo, según el cual el hombre ha sido creado por indiscutible voluntad de Dios. El cual, luego eligió a un pueblo para imponerle una ley que no había sido concordada ni legitimada por elecciones: no era una <<Declaración de derechos>>, sino aquella <<Declaración de deberes del hombre>> que es el Decálogo.

Pilatos propuso una especie de referéndum <<democrático>>: el resultado fue negativo para el candidato, eliminado por la mayoría en beneficio de Barrabás. Jesús, sometido a libres elecciones, no había aprobado  los <<exámenes del Mesías>> ni si quiere entre sus discípulos, cuyo <<portavoz de base>>, Pedro, es duramente reprochado <<porque no siente las cosas de Dios, sino la de los hombres>>. (Mt. 16, 23)

Tampoco es democrática la estructura de la Iglesia, que no se basa en elecciones, sino en los Apóstoles, a quienes se les recuerda <<Vosotros no me escogisteis a Mí, pero Yo los escogí>> (Jn. 15, 16), lo cual es contrario al principio que legitima la autoridad según todas las modernas declaraciones de los derechos del hombre. Qué decir de esos teólogos que piden la <<democratización>> de la Iglesia; donde no solamente todas las autoridades (desde el vicepárroco al Papa) deberían ser legitimadas por el <<pueblo de Dios>>, sino también el dogma, expresión de una intolerable mentalidad jerárquica, debería ceder el paso a la libre opinión y la moral debería ser sometida a periódicos referéndums.

La aceptación de una determinada mentalidad lleva lejos de la estructura de la fe, que sin embargo se dice querer seguir practicando. Hace falta lucidez y coherencia: existe, en todas las cosas, una relación de causa y efecto que parece ignorar, en cambio, quien con ligereza piensa poder abrazarlo todo y el contrario de todo.


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