20. Derechos del hombre/3


La <<Declaración de los derechos del hombre>> de 1789 dice: <<La Asamblea Nacional reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano. Artículo 1: Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos.>>

Ese <<Ser Supremo>> es la única referencia <<religiosa>>, pero es una referencia puramente ritual a algo que nada tiene que ver con lo que los hombres establecen autónomamente, basándose sólo en aquel libre <<pacto social>> que, para Rousseau, es la única base de la convivencia humana. Otra cosa es el Bill of Rights. La Constitución de Estados Unidos, proclamada 12 años antes, declara: <<Todos los hombres han sido creados iguales y tienen unos derechos inalienables que el creador les otorga…>>. Pese al origen estrictamente masónico de EEUU, el documento americano no establece el fundamento de los derechos del hombre en la voluntad de éste, sino en el proyecto de un Dios Creador. Nunca provocó reacciones en los ambientes católicos.

La diferente actitud de Roma ante la <<Declaración>> francesa obedeció a que, mientras para los americanos es el Creador quien hace a los hombres iguales y libres, para los franceses los hombres nacen libres e iguales porque así lo establece la Razón, porque ellos lo quieren y lo proclaman. Hermanos: pero sin padre.

La <<Declaración>> de la ONU, para conseguir el mayor consenso, eliminó cualquier referencia a ese inocuo <<Ser Supremo>>: <<Todos los seres humanos nacen libres e iguales por dignidad y derechos. Ellos están dotados de razón y conciencia y deben actuar los unos hacia los otros con espíritu de fraternidad.>> Se habla de un deber de fraternidad (sin paternidad común), pero no se dice dónde estriba ese <<deber>> ni por qué hay que respetarlo. No es casualidad que se trate del documento internacional más violado de la historia, incluso por sus adherentes. Basta dar una mirada al informe anual de Amnistía Internacional para ver la eficacia de los <<compromisos morales>> que solo se basan en la <<razón>> y no en Alguien cuya ley trasciende al hombre.

Ya el 15 de octubre de 1948, el Osservatore Romano publicaba un comunicado oficial atribuido a Pío XII con ocasión de este asunto: <<No es por lo tanto Dios, sino los hombres que son libres e iguales, dotados de conciencia e inteligencia, y que deben considerarse hermanos. Son los mismos hombres que se invisten de prerrogativas de las que también podrán arbitrariamente despojarse.>>

Cuando a Juan XXIII le preguntaron acerca de las <<objeciones>> a las que –con ocasión de la aludida <<Declaración>>- hace referencia en Pacem in terris, señaló que la principal era la <<falta de fundamento ontológico>>: o sea, los derechos humanos basados exclusivamente en el terreno blando y falaz de la buena voluntad del hombre.

Ya se sabe con cuánta energía y pasión Juan Pablo II proclamó esos <<derechos>>, pero su adhesión –confirmada abiertamente en ocasión del 40º aniversario de la ONU- no está falta de reparos. Así, en la carta del 10 de diciembre de 1980 a los obispos de Brasil, afirmó: <<Los derechos del hombre sólo tienen vigor allá donde sean respetados los derechos imprescriptibles de Dios. El compromiso para aquéllos es ilusorio, ineficaz y poco duradero si se realiza al margen o en el olvido de éstos.>> Y en su discurso del 3 de mayo de 1987 en Munich señaló: <<Los dos derechos están estrechamente vinculados. Allá donde no se respete a Dios y su ley, el hombre tampoco puede hacer que se respeten sus derechos.>>

Cabe recordar (sin quitar nada al horror hitleriano) que el texto de la ONU sentencia: <<Nadie será condenado por acciones u omisiones que, en el momento que se cometieron, no constituían acto delictivo según el derecho nacional e internacional.>> Una vez terminada la guerra, se definieron las figuras (desconocidas hasta entonces) de <<crimen contra la humanidad>> y <<crimen contra la paz>>, por cuya violación –cometida cuando las figuras jurídicas aún no existían- los jerarcas alemanes fueron condenados a la pena capital o a cadena perpetua en el proceso de  Nuremberg.

Que quede claro: desde el punto de vista moral, estos tipos merecían semejante fin, pero a nivel jurídico es otro asunto. Se trata de un ejemplo más de lo que Juan Pablo II –igual que sus predecesores- recuerda: basado exclusivamente en el hombre, todo <<derecho del hombre>> está en poder del hombre, sufre impunemente violaciones y excepciones y puede ser manipulado según la conveniencia política.


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