19. Derechos del hombre/2


¿Por qué la actitud de la Iglesia frente a la <<Declaración>> de 1789? Entremos en contexto. En su significado actual, la palabra <<derecho>>, que no existe en el latín clásico (el jus es otra cosa), es bastante reciente (no más allá de los siglos XVI-XVII). Toda la tradición judeo-cristiana también se basa en una <<Declaración>>, pero que concierne a los <<deberes del hombre>>: el Decálogo.

El mismo Jesús no habla de <<derechos>>: al contrario, el protagonista positivo de sus parábolas es el servidor, que obedece fielmente a su amo sin discusiones. Y uno de sus mayores elogios lo recibe el centurión de Cafarnaum, que expone una visión de la vida y del mundo basada totalmente en la obediencia. Pablo recuerda a los romanos que <<Todos han de someterse a las potestades superiores; porque no hay potestad que no esté bajo Dios, y las que hay han sido ordenadas por Dios. Por donde el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; y los que resisten se hacen reos de juicio>> (Rom. 13, 1-2).

En 1910, san Pío X escribía en una carta a los obispos de Francia: <<Predicadles ardidamente sus obligaciones tanto a los potentes como a los débiles. La cuestión social estará más cerca de su solución cuando los unos y los otros, menos exigentes en sus derechos respectivos, cumplan sus deberes con mayor precisión.>>

En su discurso pronunciado en Harvard en 1978, Aleksandr Solzhenistsin, de fuerte tradición cristiana, dijo: <<No veo ninguna salvación para la humanidad fuera de la autorrestricción de los derechos de cada individuo y de cada pueblo.>> Así también, todos los autores espirituales nos dicen que el non serviam!, ¡no serviré! (y por lo tanto, no reconozco mis obligaciones, sólo derechos) es el grito de rebelión de Satanaz contra Dios. El abbé Grégoire, quien sin embargo fue fiel a la Revolución y votó por la <<Declaración de los derechos>> en la Asamblea Nacional, pidió –en balde- que se elaborara una <<declaración de deberes>> paralela.

Por otra parte, para dar complemento a la doctrina cristiana, es un derecho de todos los hombres el ser reconocidos como hijos de Dios: se trata de derechos del hombre que hay que respetar, porque todos los hombres son hijos de Dios, antes que derechos del hombre por reivindicar. Así, Étienne Gilson, gran estudioso del pensamiento católico de tradición medieval, señala que <<A los cristianos les importan los derechos del hombre mucho más que a los incrédulos, porque para éstos sólo tienen fundamento en el hombre, quien los olvida, mientras que para los cristianos tienen fundamento en los derechos de Dios, quien no nos permite olvidarlos.>>

Cuanto se ha dicho pretende ayudar a entender la reacción de la Iglesia frente a la <<Declaración>> de 1789, respuesta que muchas veces ha sido calificada de <<miope>> y <<cerrada>>. Había que enfrentarse a una perspectiva que, por primera vez en la historia no sólo del cristianismo, sino de toda la humanidad, afirmaba que el origen y la legitimidad del poder no derivaban de Dios sino del pueblo y de su voluntad, expresada por mayoría en elecciones. Había que aceptar que la radical igualdad de naturaleza entre los hombres llevaba consigo la igualdad práctica de los derechos sociales, mientras Pablo anunciaba que si bien ya no hay <<judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer>>, también enseñaba que –siendo la sociedad de los hijos del Padre un solo cuerpo en el que cada miembro tiene su función- hay miembros subordinados a otros, y todos están subordinados a Cristo.

El problema era (quizás es) mucho más complejo de lo que quieren creer hoy algunos católicos. La Iglesia no es dueña, sino guardiana y servidora de un mensaje con el cual debe confrontarse continuamente para adecuarse a él, y ese mensaje parecía contradictorio con lo que el mundo (al menos el de unos intelectuales) empezaba a afirmar.


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