18. Derechos del hombre/1


Nuevamente en televisión el mismo debate sobre los <<derechos humanos>>. Participa un sacerdote, un teólogo: uno de esos intelectuales más preocupados por su imagen de personas inteligentes y al día, que solidarios (o al menos coherentes) con su Iglesia. Uno de esos que corren el riesgo de hacer la <<ciencia de Dios>> –la que Tomás de Aquino practicaba metiendo, para inspirarse, su gran cabeza en un tabernáculo- una ideología a plasmar según los gustos de la época a fin de obtener la aprobación sin la cual le niegan a uno el sito en las mesas redondas.

El guión es el de siempre: el clérigo exhibiéndose en excusas contritas por una Iglesia tan grosera y miope que no celebró desde el primer momento y sin reservas los <<inmortales principios>> proclamados por la Revolución francesa de 1979 y luego confirmados en la <<Declaración universal>> de 1948. El reverendo jura que no sucederá más: ahora los católicos se han hecho adultos y han comprendido cuán equivocados estaban… después de todo, el Evangelio no es más que <<la primera, la más solemne declaración de derechos humanos>>. Dice exactamente eso.

Años atrás, cuando el marxismo parecía triunfador y se creía que el nacimiento del hombre nuevo y de la historia nueva había que fijarlos deferentemente en 1917, en San Petersburgo; no se organizaban mesas redondas sobre la <<libertad>> burguesa nacida de la Revolución francesa, sino sobre la <<justicia>> proletaria. Teólogos de entonces ironizaban sobre los <<derechos puramente formales>>, la <<libertad ilusoria>>, aquel <<vender humos en beneficio de la clase burguesa>> que fue, en palabras de Marx, la Declaración de 1979. ¡Cuántos católicos <<modernos>> teorizaban, ante la complacencia de los medios de comunicación, que la Iglesia traicionaría a la humanidad si no se transformaba en una especie de <<Sección católica de la Internacional comunista>>!

Pero el viento cambia, y los intelectuales con él, incluso los eclesiásticos. He aquí entonces los mismos hombres, las mismas caras, reclamando una reorganización de la Iglesia como una <<Sección católica de la Internacional liberalmasónica>>. Mientras hasta hace muy poco se consideraba la Biblia entera como el manifiesto de la justicia social y el <<manual del proletario>>, ahora esa misma Biblia no sería otra cosa que el manual del liberal. El modelo al que la Iglesia debería adecuarse ya no es el soviet, sino el Parlamento elegido por sufragio universal. Los profetas del Verbo ya no son los bolcheviques, sino esos jacobinos y girondinos hacia quienes el marxismo dirigió durante más de un siglo, duras injurias, tratándolos como a las moscas en el carro de la burguesía. Quien ha conocido las intransigencias <<proletarias>>, no se deja conmover por los actuales entusiasmos <<liberales>>.

Quién como los cartujos: aquella orden gloriosa, que en mil años nunca quiso revisar sus reglas (Cartusa numquam reformata, quia numquam deformata – la Cartuja nunca reformada, ya que nunca fue reformada). Debajo de su emblema, el famoso lema: Stat crux, dum volvitur orbis, la cruz permanece firme, mientras el mundo da vueltas. No todos, ciertamente, están llamados a esa apacible imperturbabilidad, pero pesa sobre todos los cristianos el deber de ser conscientes de que <<el mundo da vueltas>>; que la indulgente ironía de quienes saben que los tiempos cambian mientras el Evangelio permanece igual debe combinarse –en síntesis- con la atención por la actualidad.

Y como hoy forman parte de la actualidad aquellos <<derechos del hombre>> que los masones del siglo XVIII y los funcionarios de la ONU del siglo XX quisieron proclamar, habrá que interrogarse sobre el tema. ¿Por qué la Iglesia desconfió de ellos durante tanto tiempo? Pacem in terris de 1963, la primera encíclica que parece aceptarlos, se preocupa de advertir: <<En algún punto estos derechos han provocado objeciones y han sido objeto de reservas justificadas>>. ¿Por qué?


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