16. Entre Sudamérica y Europa del Norte


En América latina, nos dicen, la Iglesia católica <<está con los pobres>>. Pero los pobres no están con la Iglesia: millones de ellos se han pasado a las sectas duramente anticatólicas que vienen de Estados Unidos; o como en Brasil, a los cultos animistas y sincretistas. En el continente que antes era el <<más católico del mundo>>, el protestantismo está en camino de convertirse estadísticamente en la mayoría.

Nos encontraríamos frente a uno de esos <<resultados catastróficos de la catequesis y la pastoral>> de los que muchas veces ha hablado el cardenal Ratzinger (hoy Papa). Los que –en el territorio, enfrentándose a la realidad- han analizado las causas de la <<gran huída>> han constatado que la <<demanda>> religiosa sudamericana se dirige a otra parte porque la <<oferta>> católica no la satisface. El pueblo ya no está en sintonía con una Iglesia que ha acentuado su compromiso político, social, de justicia y bienestar terrenales, y que así ha llegado a ofuscar su dimensión directamente religiosa.

En fin, el cura comicial, sindicalista y politizado ya no basta para satisfacer la necesidad de una esfera sagrada y trascendente y de esperanza eterna. Transformar el Evangelio en un manual para la <<liberación>> sociopolítica, seguramente gratifica a los teólogos, pero no convence a los que querían <<liberarse>>, que por lo tanto, se dirigen a otro sitio, donde puedan encontrar satisfacción a sus necesidades de adorar, rezar y esperar algo más duradero y profundo que las reformas económicas de siempre.

Los pastores protestantes, en cambio, anuncian (a su manera) a Cristo, el perdón, la salvación y la vida eterna; y esto es lo que les importa a los (cada día más de) cuarenta millones de personas que en Centro y Sudamérica han abandonado el catolicismo.

Es un adiós pronunciado ya, por muchas personas que viven en un contexto socioeconómico completamente diferente: en Holanda, por ejemplo; adiós en la tierra que albergara una de las religiones más ejemplares y fervorosas del mundo, y que puede ser ejemplificado por el solitario duelo de un profesor italiano con la KRO, la radiotelevisión <<católica>>, en la que se había decidido celebrar la Navidad emitiendo la película El nombre de la rosa, adaptación de la novela de Umberto Eco.

<<Este es el germen del libro: hacía años que tenía ganas de matar un fraile…>> comentó una vez Eco, y añadió que la novela era una especie de <<manifiesto>> de la <<meditada apostasía>> del catolicismo en su juventud. Esta intención anticristiana filtrada por la habilidad artística de Eco, se convirtió en mera propaganda anticlerical en su transcripción cinematográfica, cuyo resultado no convenció ni al mismo escritor. Marco Tangheroni, buen conocedor de la época en la que se ambientó la citada película, y profesor de historia medieval de la Universidad de Pisa, escribió: <<La descripción de la Iglesia de la época que se hace en la película es completamente falsa. La película acoge y lleva a sus extremos la antigua, engañosa visión de la Edad Media, creada por odio anticatólico entre los siglos XVIII y XIX, para deformar deliberadamente un período glorioso y luminoso de la historia de la humanidad>>.

Ésta, pues, era la película que la televisión <<católica>> holandesa proponía para <<edificar>> a sus espectadores en el día de Navidad a pesar de las protestas de algún superviviente en el naufragio de una Iglesia que quería ser maestra de <<modernidad>> y ha acabado en la catástrofe actual, entre otras cosas con la mitad de los niños sin bautizar.

Está de más agregar que la primera laurea honoris que Eco recibió por El nombre de la rosa, le fue concedida por la Universidad de Lovaina, que es una de las universidades <<católicas>> más antiguas y prestigiosas; a la cual el pueblo creyente se entregó con sacrificio a su reconstrucción después de la primera y segunda guerra  mundiales. A veces uno se pregunta si esos curas, profesores y notables saben quiénes entre los católicos –y con qué fin- siguen asegurándoles pan, estatus social, poder… Otra laurea llegó para nuestro profesor Eco: la de la Universidad Jesuita americana. Y el Centro Católico Cinematográfico Italiano dio juicio positivo a la película que el duelista italiano de párrafos anteriores no quería ver en las pantallas <<católicas>> holandesas. Estamos con él, pero ¿no deberíamos sentirnos ridículos donquijotes luchando en semejantes batallas?


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