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63. Don Franco

Don Franco Molinari, fallecido profesor de Historia de la Iglesia, solía decir: <<Cuanto más estudio la Historia de la Iglesia, más me convenzo de la verdad del cristianismo. Al cabo de treinta años de investigación y reflexión, puedo afirmar, con un chascarrillo, que ya no me hace falta la fe para creer en Jesús como Cristo: lo veo operando a lo largo de las vicisitudes de los siglos.>>

Y eso que también le parecía claro que Dios <<juega>> con los hombres (o <<sonríe>>, para citar el salmo). Juega porque <<parece querer dar luz con lámparas quemadas>>, y porque parece divertirse desbaratando nuestros esquemas, trastocando nuestros planes, conduciendo a resultados inesperados e incluso opuestos a los que proponía.

Don Franco poseía un rico muestrario de anécdotas sobre esta misteriosa paradoja de la Historia. Uno de los casos que le gustaba citar era el de Rodrigo Borgia, el catalán que llegó a Papa con el nombre de Alejandro VI, para muchos, símbolo de la perdición de una Iglesia que parecía más enamorada de los artistas que de los santos, y de los dioses paganos antes que del profeta de Nazareth. En efecto, ya en sus tiempos de cardenal, Rodrigo Borgia tenía como amante favorita a una Farnesio, Julia, denominada <<la bella>> por antonomasia. Julia aprovechó su relación con el ya poderoso prelado para favorecer la carrera de su hermano Alejandro que, en efecto, recibió la protección de Borgia. Éste, en cuanto fue elegido Papa (comprando las elecciones con maniobras simoníacas) lo nombró cardenal.

Como hombre de su tiempo, Alejandro tampoco era inmune a las costumbres del momento, ya que –aun siendo cardenal- tuvo cuatro hijos de su relación con una dama romana. Será necesario especificar que entonces el cardenalato no siempre estaba ligado a la consagración sacerdotal: era un cargo honorífico con el que se investía a laicos poderosos, incluso desde niños. La púrpura y la <<castidad consagrada>> no estaban, pues, necesariamente ligadas.

En lo que respecta a Alejandro Farnesio, en cierto momento al cardenalato se le unió el sacerdocio, y luego la consagración obispal. Y a partir de entonces se produjo en él un cambio rotundo a una seriedad siempre creciente. Cuando en 1534 fue elegido Papa con el nombre de Pablo III persiguió, a pesar de sus enormes dificultades, una sola meta durante quince años: convocar un concilio general que reformara la Iglesia y diera la respuesta más eficaz posible a la revuelta protestante. El 15 de diciembre de 1545 se inauguró en Trento el concilio que se revelaría como el punto decisivo para la Iglesia católica.

Comentaba a propósito de ello don Molinari: <<Pablo III, antes Alejandro Farnesio, era el hombre justo en el momento justo, el Papa que la cristiandad necesitaba desesperadamente. Y sin embargo, no habríamos tenido este pontificado si la hermana de Alejandro no se hubiera ganado al Borgia frecuentando a su alcoba. ¿Cómo no vislumbrar aquí la mano misteriosa e irónica de un Dios que “juega”?>>

Seguía diciendo don Franco: <<Es un Dios que “sonríe” mientras va acumulando nuevos problemas y dificultades para Su Iglesia, pero proporcionando al mismo tiempo el remedio adecuado para cada ocasión. Así, tras los siglos de hierro de un feudalismo que parecía paralizar al cristianismo, surge un san Francisco, un Domingo, para suscitar movimientos que llaman a la Iglesia a regresar a sus deberes de pobreza, de humildad y reflexión teológica. Luego, el siglo XVI, que vio desgarrarse la cristiandad, fue el que, junto a los Lutero y los Calvino, dio lugar, primero a la aparición del movimiento de la Observancia y luego a aquel florecimiento de nuevas familias religiosas que dieron la réplica a los dramáticos signos de los tiempos con una fórmula de vida religiosa inédita. Los “clérigos regulares” (es decir, la regla monástica unida a la actividad pastoral), que va desde los jesuitas a los teatinos, los barnabitas, los camilistas, los Fatebenefratelli, y muchos otros eficacísimos instrumentos de reforma y reconquista. Y el siglo XIX caracterizado por la dispersión violenta de las comunidades religiosas, ¿no es también el siglo que tan sólo en Italia ve la aparición de algo así como 183 nuevas congregaciones femeninas, cada una de las cuales es respuesta concreta a una necesidad concreta?>>

Para don Franco, el misterio que iba descubriendo en los recovecos de la Historia (y que cada vez lo reafirmaba más en su fe) también se hallaba en la capacidad siempre renovada de la Iglesia de reaccionar frente a los problemas que iban saliendo al paso, <<encendiendo las defensas internas, incrementando la producción de anticuerpos, sacando de improviso a la palestra a hombres y mujeres con la habilidad necesaria para reaccionar con eficacia ante los peligros y proponer simultáneamente ejemplos personales de un cristianismo acorde con los tiempos.>> Una reacción que veía obrar también en la actualidad en lo que calificaba de <<explosión primaveral de los nuevos movimientos posconciliares>>. Señala también: <<(…) La caída (…) la veo en la cultura, que se ha distanciado de la Iglesia: una cultura que empezó en el siglo XVIII y en el XIX con grandes promesas y esperanzas y que acabó con guerras homicidas, en masacres, en ideologías inhumanas y al final en drogas y en una crisis de valores y planteamientos.>>


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