Archive for the '3. La Revolución francesa y la Iglesia' Category

26. Vandalismo

Vandalismo: <<Tendencia a devastar y destruir cualquier cosa con obtusa maldad, especialmente si es bonita o útil.>> Así lo define el Diccionario Zingarelli, que no recuerda el origen del sustantivo, limitándose a mencionar la tribu bárbara que saqueó Roma en el año 455.

<<Vándalos>> era el antiguo nombre de esos terribles germanos. Pero sólo en 1794 nació la palabra <<vandalismo>>, por obra de Henri-Baptiste Grégoire, el cura que, desde el principio hasta el final, estuvo con la Revolución francesa; que fue uno de los promotores de aquella Constitución Civil del clero que provocó muerte, deportación o destierro a miles de sus hermanos que se negaron a jurarla; que quiso ser elegido obispo <<democrático y constitucional>> de Blois; que fue uno de los más intransigentes en pedir la guillotina para Luis XVI; que murió muchos años después, en 1831, declarándose aún y siempre católico, pero negándose a reconciliarse con Roma.

La historia enseña que siempre hay <<capellanes>> al lado de cualquier personaje y cualquier movimiento que llega al poder o que consigue atención y prestigio. Vimos a curas proponiendo un cierto <<modernismo>> religioso, también en complaciente respuesta al liberalismo político, y por lo tanto como manera de alistarse en las filas de la burguesía triunfante antes de la Gran Guerra. Vinieron después los curas fascistas, que desfilaban en formación frente a Mussolini. Hasta el fascismo agonizante de la república de Salò tuvo sus <<asistentes espirituales>>, virulentos y antisemitas, a veces. Luego fue el turno de los curas comunistas.

Soplan ahora otros vientos, y aquí aparecen los nuevos capellanes para los nuevos astros: los socialistas de la máxima eficiencia productiva en lo público y el hedonismo en lo privado, o los demócrata-liberales, que han vuelto con gran potencia y gloria.

Siempre ha sido así y así será siempre: lo importante es ser conscientes de ello y no dejarse impresionar por tanto revolotear de sotanas –metafóricas, ya se sabe, pues se han abandonado los hábitos eclesiales- alrededor de hombres e ideologías besados por la fortuna.

Sin embargo, la decisión de estar en el bando que parece <<justo>> en un momento dado –más allá del deseo de ser aceptados, de ganarse aplausos, de librarse de peligros, etc.- a veces se basa en la buena fe de quien trata de evitar mayores problemas a la iglesia. Se basa en la conciencia, aunque deformada, de que el cristianismo no es una doctrina fuera del tiempo, flotante en el aire por encima de la historia, sino el anuncio de un Dios que ha tomado tan en serio esta historia como para comprometerse con ella hasta el final. De esta necesidad de <<comprometerse>>, también derivan, inevitablemente, lo que a menudo son errores, debilidades inaceptables, amistades dañinas o inoportunas. Y quién sabe si esto no forma parte de un plan de un Dios providente, que para llegar a realizar sus fines necesita también de errores y divisiones entre los que creen servirlo.

Pero volvamos a nuestro abbé Grégoire, el capellán de la Revolución, y a su invención lingüística, <<le vandalisme>>. El obispo <<constitucional>> de Blois osó sellar con este término –en el aula de la Convención diezmada por la guillotina- la furia infernal que se había desatado sobre el patrimonio artístico francés.

Los tesoros más nobles del arte cristiano –obras de arte que tuvieron  la grave culpa de haber sido promocionadas para finalidades religiosas- fueron afectados o destruidos para siempre. Así escribe en La Chiesa e la Rivoluzione francese (Edizioni Paoline) el historiador Luigi Mezzadri, quien además de la pérdida de tesoros de muchas bibliotecas eclesiásticas, recuerda la completa destrucción de los monasterios de Cluny y Longchamp, la abadía de Lys, los conventos de Saint-Germain-des-Prés, Montmartre, Marmoutiers, la catedral de Mâcon, la de Boulogne-sur-Mer, la Sainte Chapelle de Arras, el castillo de los Templarios en Montmorency, los claustros de Conques y otras infinitas obras de gran antigüedad y belleza. En Aviñón no se limitaron a devastar el palacio de los Papas sino que, cegados por el odio, alimentaron durante días una gran hoguera con muebles preciosos y maravillosas obras de la pinacoteca.

De aquí la vehemente protesta del obispo Grégoire, que sin embargo, era padre e hijo de aquella revolución iconoclasta. Resulta difícil justificar esta destrucción atribuyéndola a la excitación de los ánimos rebeldes. Lo peor, en efecto, aún tenía que llegar, y llegaría con Bonaparte, quien completó el desastre suprimiendo órdenes y congregaciones religiosas, y expulsando curas y monjas de sus conventos, monasterios e iglesias

25. Los Regicidas

Noche entre el 16 y 17 de mayo de 1793: La Convención nacional vota la condena a muerte del rey Luis XVI. Los votantes (con llamada nominal, por lo tanto de forma manifiesta) son 721. De ellos, 361 dicen <<sí>> a la guillotina, 360 dicen <<no>>. La diferencia es de un solo voto, pero para el rey y la monarquía es el fin.

Ilustran bien el clima en que se desarrollaron la discusión y el voto, declaraciones como las del diputado jacobino Legendre, quien dijo estar convencido de la necesidad de <<degollar al puerco>> y enviar luego un trozo a cada departamento, como advertencia a los reaccionarios y exhortación para los revolucionarios. Danton recuerda en la Convención: <<No queremos juzgar al rey, queremos matarlo.>> Y Robespierre: <<Ustedes no son jueces, no hay que hacer ningún proceso. Decapitar al rey es una medida indispensable para la salud pública>>. El abbé Grégoire, el obispo líder de la Iglesia cortesana, quien ha jurado fidelidad al nuevo régimen, truena: <<Los reyes son, en el orden espiritual, lo que la gangrena es en el orden material.>>

Pero a veces los historiadores son indiscretos. Y alguien se ha molestado en mirar qué ocurrió con los 361 que votaron la guillotina para el que llamaban despectivamente, <<el ciudadano Luis Capeto>>. De ellos 74 murieron de forma violenta: casi todos, a su vez, degollados. Es la revolución que, como se sabe, siempre devora a sus propios padres e hijos. Otros murieron por otras causas. Pero de los supervivientes, 121 buscaron y obtuvieron cargos públicos, a veces de mucha responsabilidad, bajo el imperio de Napoleón.

Se habían llamado a sí mismos, con orgullo, <<regicidas>>; y en la petición de condena a muerte para Luis XVI habían visto (eso dijeron) el fin de todos los privilegios, los derechos divinos, las desigualdades, las autoridades que no derivaban del pueblo. Mataron pues a un rey tal vez inepto, pero pacífico; y pocos años más tarde se pusieron al servicio de un emperador feroz que había querido ser coronado por el Papa (lo que nunca pretendió la antigua dinastía), e intentaba restaurar los fastos monárquicos del Roi Soleil.

Cosas que es preciso recordar. Pero que no sorprenden a quien conoce un poco a los hombres. A partir, obviamente, de sí mismo.

24. Venganzas

Quizás ningún déspota perjudicó tanto a la comunidad eclesial como Bonaparte. Pío VI, despojado de todos sus bienes, murió prisionero en Francia en 1799, y parecía imposible encontrarle un sucesor. Pío VII, elegido tempestuosamente por un grupo de cardenales que pudieron reunirse en Venecia, pasó la mayor parte de su pontificado de una prisión a otra: amenazado, aislado, engañado, testigo impotente de la destrucción de su Iglesia.

La hora de la venganza llegó a finales de mayo de 1814, cuando el Papa desterrado volvió a Roma en lo que fue un triunfo del pueblo. Encontró a novecientos presos, entre franceses y colaboracionistas autóctonos, encerrados en Castel Sant’Angelo. A pesar de las protestas de los romanos –que habían sufrido las vejaciones, la arrogancia y el despojo-, en seguida liberó a seiscientos de ellos, y en menos de dos meses, a los demás mediante una amnistía. También le llegaron protestas, más potentes y amenazadoras, del restaurado trono del rey de Francia, cuando acogió, visitándola a menudo, a la madre de Napoleón, la gran duquesa de Toscana. Alrededor de Madame Mère acabó reuniéndose en Roma, única ciudad que la había aceptado, la numerosa parentela del emperador caído.

El prefecto napoleónico, que había sido su carcelero en Savona, recibió una carta paterna de Pío VII para que se liberara de los remordimientos que lo afligían. Ese Papa realmente <<extraño>> llegó a enviar un mensaje al príncipe regente de Gran Bretaña para que liberara al preso de Santa Elena, o al menos mitigara su encierro. Escribía: <<Ya no puede ser un peligro para nadie, queremos que no se convierta en un remordimiento para alguien.>> Y cuando le recordaban su furia contra la Iglesia y su persona, el viejo benedictino exhortaba: <<Hay que esforzarse para entender y perdonar.>> Finalmente, cuando le comunicaron que el preso, enfermo, quería un confesor, él mismo escogió un cura corso que pudiera entender mejor a su coetáneo en Santa Elena. Lloró con su madre y hermanos al llegar a Roma la noticia de su muerte. Todo esto ocurría cuando todavía quedaban abiertas las heridas de la persecución, y la Iglesia pagaba el precio de desastres cuyas consecuencias duraron al menos un siglo; según algunos historiadores, hasta nuestros días.

Siguiendo a uno de esos teólogos que tanto influyeron en el Concilio Vaticano II, el santo y seña del católico de hoy en día tendría que ser enjamber seize siécles, saltar dieciséis siglos, borrar hasta su recuerdo, para volver a la Iglesia preconstantina; la única, en su opinión, realmente evangélica y presentable en sociedad. Además de imposible, tal propósito muestra desconocimiento de la historia, demasiado mitificada, de la comunidad primitiva –una mirada a las epístolas de Pablo, a los cronistas eclesiales primitivos y a los padres nos recuerda que el bien va acompañado por el mal- y de la historia que siguió. Cortar las raíces siempre es la mejor manera de hacer morir un árbol. Procuremos, por lo menos, ser conscientes de ello.

23. Vendée

Ya tenemos aquí el libro aguafiestas, la implacable obra de un joven historiador que ha provocado las iras de la inteligencia francesa, que –suntuosamente patrocinada por François Mitterrand- celebró en 1989 <<glorias>> y <<fastos>> de la Grande Révolution que cumplía entonces doscientos años.

Se trata de Le génocide franco-francais, ese libro de Reynald Secher que, pese al obstruccionismo realizado por el conformismo <<políticamente correcto>>, ha provocado en Francia una profunda conmoción.

Reynald Secher, el joven autor (nacido en 1955) originario de la Vendée, fue a buscar una documentación que muchos consideraban ya perdida, pues los archivos públicos han sido diligentemente depurados con la esperanza de que desaparecieran todas las pruebas de la masacre realizada en la Vendée por los ejércitos revolucionarios enviados desde París. Pero Secher descubrió que mucho material estaba a salvo, conservado a escondidas por particulares, llegando incluso a la documentación catastral oficial de las destrucciones materiales sufridas por la Vendée campesina y católica, levantada en armas contra los <<sin Dios>> jacobinos.

Diez mil de cincuenta mil casas, el 20 % de los edificios de la Vendée, fueron completamente derruidas según un frío plan sistemático bajo el lema aterrador <<libertad, igualdad, fraternidad o muerte>>. Prácticamente todo el ganado fue masacrado, y los cultivos devastados; todo esto según un programa de exterminio establecido en París: había que dejar morir de hambre a quien, escondiéndose, había sobrevivido. El general Carrier, responsable en jefe de la operación, arengaba a sus soldados: <<No nos hablen de humanidad hacia estas fieras de la Vendée: todas serán exterminadas. No hay que dejar vivo a un solo rebelde.>>

Después de la gran batalla campal en la que fueron exterminadas las intrépidas pero mal armadas masas campesinas de la <<Armada Católica>>, que iban al asalto detrás de estandartes con el Sagrado Corazón y encima la cruz y el lema <<Dieu et le Roy>>, el general jacobino Westermann escribía triunfalmente a París, al Comité de Salud Pública: <<¡La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos! Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay. Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo que lamentar ni un prisionero. Los he exterminado a todos.>>  Desde París elogiaron la diligencia en <<purgar completamente el suelo de la libertad de esta raza maldita>>.

El término <<genocidio>> aplicado por Secher a la Vendée, ha desatado polémicas por considerarse excesivo. El libro muestra con documentos que esta palabra es adecuada: <<destrucción de un pueblo>>, según la etimología. Esto querían los <<amigos de la humanidad>> en París: la orden era de matar ante todo a las mueres, por ser el <<surco reproductor>> de una raza que tenía que morir porque no aceptaba la <<Declaración de los derechos del hombre>>. La destrucción de casas y cultivos iba en la misma dirección.

¿Cuántos fueron los muertos? Secher da por primera vez cifras exactas: en dieciocho meses, en un territorio de 10,000 kilómetros cuadrados, desaparecieron 120,000 personas, el 15 % de la población total. Es como si en la Francia actual fueran asesinadas más de ocho millones de personas. La más sangrienta de las guerras modernas -1914 a 1918- costó algo más de un millón de muertos franceses.

Todo lo que pusieron en práctica las SS fue anticipado por los <<demócratas>> enviados desde París: con las pieles curtidas de los habitantes de la Vendée se hicieron botas para los oficiales. Centenares de cadáveres fueron hervidos para extraer grasa y jabón (y aquí se superó hasta a Hitler: en el proceso de Nuremberg se documentó que el jabón producido en los campos de concentración alemanes es una <<leyenda negra>> sin correspondencia con los hechos). Se experimentó por primera vez la guerra química, con gases asfixiantes y envenenamiento de aguas. Las cámras de gas de la época fueron barcos cargados de campesinos y curas, llevados en medio del río y hundidos.

Son páginas de sufrimiento, pero la búsqueda de la vedad escondida y borrada bien vale el trauma de la lectura.

22. Justicia para el pasado

Justicia para el futuro es respetar los derechos de los que vendrán después de nosotros, sentir la responsabilidad de entregarles un mundo que no esté completamente devastado y envenenado, que todavía conserve algunos de sus dones originarios de belleza y fecundidad. Pero también existe una justicia para el pasado, hacia los que vivieron antes de nosotros: una justicia que ni siquiera los creyentes respetan del todo.

En el año del segundo centenario de la Revolución francesa, por ejemplo, muchos católicos –entre ellos algún obispo- se olvidaron, con embarazoso silencio, de los tres mil curas asesinados, de la multitud de religiosas violadas y a menudo torturadas hasta la muerte, de la decenas de campesinos descuartizados en las provincias que se sublevaban en nombre de una religión a la que no querían renunciar.

No sólo existen los horrores de la Vendée, respecto a cuyo exterminio sistemático los historiadores hablan del primer genocidio de la historia moderna, y donde los jacobinos anticiparon, contra aquellos campesinos firmes en su fe, los intentos de <<solución final>> de los nazis contra los judíos. En todas partes hubo masacres y persecuciones de creyentes: primero en Francia, y después en otros países, incluso en Italia, allá donde llegó la Revolución. Pero que la Vendée resultara tan indómita se debe también a que había sido teatro de predicaciones de uno de los santos más apreciados por Juan Pablo II, que dicen, consideraba la posibilidad de proclamarlo doctor de la Iglesia: Luis-Marie Grignion de Montfort.

Según el esquema comúnmente aceptado, el oeste de Francia se sublevaría contra el París de los jacobinos, empujado por los aristócratas y el clero que querían mantener sus privilegios. Es una mistificación desenmascarada ya desde hace algún tiempo, pero todavía presentada en los manuales de escuela, frente a la evidencia de los documentos: éstos demuestran, sin que pueda haber dudas, que la sublevación empezó desde abajo, desde el pueblo, que a menudo, con su iniciativa, arrolló titubeos del clero y de los nobles (muchos de los cuales prefirieron huir al extranjero en lugar de asumir sus responsabilidades). Insurrección popular, pues, y no <<política>> -aunque acompañada de contradicciones y errores, como todo lo humano-, y ni siquiera <<social>>, sino fundamentalmente religiosa, contra los intentos de descristianización que una minoría de feroces ideólogos realizaba en la capital.

Ninguna de las ideologías modernas ha tenido una base popular: el marxismo nunca ha llegado al poder a través de elecciones libres y, allá donde estaba en el poder, ha caído sin que nadie moviera un dedo para defenderlo; el 25 de julio de 1943, para acabar con el fascismo bastó un anuncio en la radio y un cartel en las esquinas de las calles; con la caída de Berlín, el nazismo desapareció. Por otro lado (esto tampoco hay que olvidarlo, a pesar de las retóricas) el pueblo tampoco se había levantado para defender el liberalismo cuando Mussolini y Hitler acabaron con él. Y para quedarnos en la Revolución francesa, el pueblo acogió sin chistar el autoritarismo napoleónico  que sofocó los <<inmortales>> principios de 1789.

La insurrección de las masas en defensa del cristianismo en el oeste de Francia (y más tarde en Italia, en Tirol y en la España invadida por Napoleón) es por lo tanto un hecho único y sorprendente para los historiadores. En todo caso, es justo no olvidarlo, como en cambio se ha hecho durante demasiado tiempo en nombre del conformismo de algunos, que temen estar en la parte <<equivocada>> de la historia. Además, hoy en día, incluso los laicos más honestos están cada vez menos seguros de que fuera realmente <<equivocada>>.

21. Derechos del hombre/4

La <<Declaración de los derechos del hombre>> de 1789 proclama en el artículo 3: <<El principio de toda soberanía reside esencialmente la nación. Ningún cuerpo, ningún individuo puede ejercer una autoridad que no derive expresamente de ella.>> Y en el artículo 6: <<La ley es la expresión de la voluntad general.>> La <<Declaración Universal de derechos humanos>> de las Naciones Unidas, en 1948, confirma y hace explícito en el artículo 21: <<La voluntad del pueblo es el fundamento de la autoridad de los poderes públicos.>>

En las <<Declaraciones>> se considera ilegítima y arbitraria cualquier autoridad que no derive expresamente del pueblo a través del voto; se rechaza cualquier autoridad que no sea legitimada por elecciones libres, periódicas, universales… hay que oponerse, por lo tanto, a lo que no es <<democrático>> en ese sentido. Vayamos a la causa principal por la cual el pensamiento cristiano (y especialmente el católico) se ha resistido durante tanto tiempo a aceptar en su conjunto y sin reservas estas <<Declaraciones>>.

En todas las sociedades humanas, existen autoridades <<naturales>> que no derivan del artificio de elecciones: la familia, por ejemplo, donde los padres no son elegidos por los hijos, a pesar de lo cual, tienen legítima autoridad sobre ellos; la escuela, donde el maestro ejerce una autoridad que no deriva del sufragio de los alumnos; o la patria, que no es fruto de una libre elección, sino de un <<destino>> (nacer aquí y no allá); y sin embargo, incluso las constituciones más avanzadas le otorgan tal autoridad, que nos puede pedir hasta el sacrificio de la vida en su defensa.

Pero entre esas realidades <<no democráticas>> está sobre todo la Iglesia, con su pretensión fundamental: una autoridad, la suya, que no viene de abajo, del <<cuerpo electoral>>, sino de arriba, de Dios, de la Revelación en carne y palabras que es Cristo. Sólo un año después de proclamar los <<derechos del hombre>>, la Revolución, con la <<Constitución civil del clero>> de 1790, reorganizaba la Iglesia según los principios <<democráticos>>: supresión de las órdenes religiosas y elección de párrocos y obispos hecha por todo el cuerpo electoral, incluyendo no católicos y ateos. Luego, cuando las tropas francesas ocuparon Roma, en seguida abolieron el papado, que era <<un poder arbitrario, por no derivar del sufragio universal>>.

Ninguna religión es <<democrática>> (no hay votación sobre si Dios existe, o sobre las obligaciones y deberes que, según la fe, Él impone a los hombres). Menos <<democrático>> aún es el cristianismo, según el cual el hombre ha sido creado por indiscutible voluntad de Dios. El cual, luego eligió a un pueblo para imponerle una ley que no había sido concordada ni legitimada por elecciones: no era una <<Declaración de derechos>>, sino aquella <<Declaración de deberes del hombre>> que es el Decálogo.

Pilatos propuso una especie de referéndum <<democrático>>: el resultado fue negativo para el candidato, eliminado por la mayoría en beneficio de Barrabás. Jesús, sometido a libres elecciones, no había aprobado  los <<exámenes del Mesías>> ni si quiere entre sus discípulos, cuyo <<portavoz de base>>, Pedro, es duramente reprochado <<porque no siente las cosas de Dios, sino la de los hombres>>. (Mt. 16, 23)

Tampoco es democrática la estructura de la Iglesia, que no se basa en elecciones, sino en los Apóstoles, a quienes se les recuerda <<Vosotros no me escogisteis a Mí, pero Yo los escogí>> (Jn. 15, 16), lo cual es contrario al principio que legitima la autoridad según todas las modernas declaraciones de los derechos del hombre. Qué decir de esos teólogos que piden la <<democratización>> de la Iglesia; donde no solamente todas las autoridades (desde el vicepárroco al Papa) deberían ser legitimadas por el <<pueblo de Dios>>, sino también el dogma, expresión de una intolerable mentalidad jerárquica, debería ceder el paso a la libre opinión y la moral debería ser sometida a periódicos referéndums.

La aceptación de una determinada mentalidad lleva lejos de la estructura de la fe, que sin embargo se dice querer seguir practicando. Hace falta lucidez y coherencia: existe, en todas las cosas, una relación de causa y efecto que parece ignorar, en cambio, quien con ligereza piensa poder abrazarlo todo y el contrario de todo.

20. Derechos del hombre/3

La <<Declaración de los derechos del hombre>> de 1789 dice: <<La Asamblea Nacional reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano. Artículo 1: Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos.>>

Ese <<Ser Supremo>> es la única referencia <<religiosa>>, pero es una referencia puramente ritual a algo que nada tiene que ver con lo que los hombres establecen autónomamente, basándose sólo en aquel libre <<pacto social>> que, para Rousseau, es la única base de la convivencia humana. Otra cosa es el Bill of Rights. La Constitución de Estados Unidos, proclamada 12 años antes, declara: <<Todos los hombres han sido creados iguales y tienen unos derechos inalienables que el creador les otorga…>>. Pese al origen estrictamente masónico de EEUU, el documento americano no establece el fundamento de los derechos del hombre en la voluntad de éste, sino en el proyecto de un Dios Creador. Nunca provocó reacciones en los ambientes católicos.

La diferente actitud de Roma ante la <<Declaración>> francesa obedeció a que, mientras para los americanos es el Creador quien hace a los hombres iguales y libres, para los franceses los hombres nacen libres e iguales porque así lo establece la Razón, porque ellos lo quieren y lo proclaman. Hermanos: pero sin padre.

La <<Declaración>> de la ONU, para conseguir el mayor consenso, eliminó cualquier referencia a ese inocuo <<Ser Supremo>>: <<Todos los seres humanos nacen libres e iguales por dignidad y derechos. Ellos están dotados de razón y conciencia y deben actuar los unos hacia los otros con espíritu de fraternidad.>> Se habla de un deber de fraternidad (sin paternidad común), pero no se dice dónde estriba ese <<deber>> ni por qué hay que respetarlo. No es casualidad que se trate del documento internacional más violado de la historia, incluso por sus adherentes. Basta dar una mirada al informe anual de Amnistía Internacional para ver la eficacia de los <<compromisos morales>> que solo se basan en la <<razón>> y no en Alguien cuya ley trasciende al hombre.

Ya el 15 de octubre de 1948, el Osservatore Romano publicaba un comunicado oficial atribuido a Pío XII con ocasión de este asunto: <<No es por lo tanto Dios, sino los hombres que son libres e iguales, dotados de conciencia e inteligencia, y que deben considerarse hermanos. Son los mismos hombres que se invisten de prerrogativas de las que también podrán arbitrariamente despojarse.>>

Cuando a Juan XXIII le preguntaron acerca de las <<objeciones>> a las que –con ocasión de la aludida <<Declaración>>- hace referencia en Pacem in terris, señaló que la principal era la <<falta de fundamento ontológico>>: o sea, los derechos humanos basados exclusivamente en el terreno blando y falaz de la buena voluntad del hombre.

Ya se sabe con cuánta energía y pasión Juan Pablo II proclamó esos <<derechos>>, pero su adhesión –confirmada abiertamente en ocasión del 40º aniversario de la ONU- no está falta de reparos. Así, en la carta del 10 de diciembre de 1980 a los obispos de Brasil, afirmó: <<Los derechos del hombre sólo tienen vigor allá donde sean respetados los derechos imprescriptibles de Dios. El compromiso para aquéllos es ilusorio, ineficaz y poco duradero si se realiza al margen o en el olvido de éstos.>> Y en su discurso del 3 de mayo de 1987 en Munich señaló: <<Los dos derechos están estrechamente vinculados. Allá donde no se respete a Dios y su ley, el hombre tampoco puede hacer que se respeten sus derechos.>>

Cabe recordar (sin quitar nada al horror hitleriano) que el texto de la ONU sentencia: <<Nadie será condenado por acciones u omisiones que, en el momento que se cometieron, no constituían acto delictivo según el derecho nacional e internacional.>> Una vez terminada la guerra, se definieron las figuras (desconocidas hasta entonces) de <<crimen contra la humanidad>> y <<crimen contra la paz>>, por cuya violación –cometida cuando las figuras jurídicas aún no existían- los jerarcas alemanes fueron condenados a la pena capital o a cadena perpetua en el proceso de  Nuremberg.

Que quede claro: desde el punto de vista moral, estos tipos merecían semejante fin, pero a nivel jurídico es otro asunto. Se trata de un ejemplo más de lo que Juan Pablo II –igual que sus predecesores- recuerda: basado exclusivamente en el hombre, todo <<derecho del hombre>> está en poder del hombre, sufre impunemente violaciones y excepciones y puede ser manipulado según la conveniencia política.


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